10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Una carta para Rosa
Marta Pujol, 15 años
Colegio La Vall (Barcelona)

Entró en el vagón a toda velocidad, justo cuando el tren se disponía a partir. Tenía la respiración entrecortada a causa de la carrera. Sobre su frente danzaban algunas mechas rizadas que se le habían escapado del moño. Se sentó y comenzó a llorar. Por primera vez sentía pena de sí misma.

En el bolsillo portaba una carta que le había cambiado la vida. En el mensaje, una tal Rosa la citaba para hacerle unas preguntas. Creyendo que se trataba de una entrevista de trabajo, no dudó aceptar aquel encuentro.

Se preparó y a la hora indicada se dirigió al café dónde habían quedado para la cita. Al acercarse a la mesa dónde Rosa la esperaba, entendió que no iba a tratarse de una entrevista de trabajo. La mujer que tenía delante la observó con expresión hierática. Ella sostuvo la mirada firme durante unos instantes, esperando a que empezara la conversación.

-¿Y bien? –. Esperó una respuesta que no hubo.

La desconocida seguía mirándola a la vez que daba sorbos al café.

-Oiga, si no quiere hablar debería irme ahora… -. Hizo un ademán de levantarse, pero Rosa la retuvo.

-Cuántos años han pasado y ni me reconoce.

La miró extrañada, sin entender de qué le hablaba.

-Nunca antes la había visto –. Se removió incómoda en su asiento.

-Claro que sí. No intentes negarlo.

Le sorprendió la libertad con la que aquella mujer la había tuteado. Sin duda, la estaba confundiendo con otra persona.

–¿Por qué te fuiste? –insistió.
Los ojos verdes de Rosa la taladraban buscando una respuesta. Ella apartó la mirada, incapaz de sostenérsela.

Había pasado mucho tiempo. Una madre joven con una hija de apenas unos meses, que vagaba por el mundo sin rumbo fijo y sin una moneda en el bolsillo. Recordó aquella tarde de lluvia, cuando tuvo que despedirse de la persona a la que más amaba. Lloró desconsoladamente al alejarse.

Todos esos años había tenido vacío su interior. Muchas veces se había preguntado cómo habría podido ser la vida con su pequeña Rosa, convertida ahora en una mujer.

Se levantó y salió corriendo de la cafetería sin rumbo fijo. Necesitaba escapar de aquella decisión traumática y de la que siempre se había arrepentido.

Rosa miró alejarse a su madre. Deseaba que entendiera que la perdonaba. No le iba a echar en cara los años de orfanato ni el tiempo que llevaba buscándola.

Siguió pensando mientras el tren traqueteaba. Tenía los ojos enrojecidos, aunque ya no lloraba. Recostó la cabeza contra la ventana y observó el paisaje.

Se sentía incapaz de renunciar al pasado, pero deseaba un futuro en el que cupiera su arrepentimiento.

Sacó un papel y su pluma estilográfica. Con su menuda letra redonda y elegante, escribió una carta para Rosa.

 
 
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