10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Signos de complicidad
Marta Gabriela Tudela, 14 años
Colegio Sierra Blanca (Málaga)

María era una chica aparentemente normal, pero con una extraña peculiaridad: todo el mundo le guiñaba un ojo a su paso. Cuando iba caminado por la calle, notaba cómo la mirada de conductores, maniquíes y transeúntes se clavaban en su persona.

Esta situación podía soportarla durante poco más de hora y media. Pasado ese tiempo buscaba desesperadamente un lugar en el que esconderse y no ser vista, como un callejón o un baño público. Allí permanecía unos minutos para descansar y recuperar la tranquilidad. Acto seguido regresaba al punto de partida, donde cientos de parpadeos le esperaban.

Y así, día tras día, transcurría la vida de la chica. O eso le parecía a ella. Lo cierto es que en nada se asimilaba a la realidad. Era María la que sufría este desagradable tic nervioso, dirigido a todo aquello que miraba: personas, carteles, automóviles…

Aparentemente llevaba bien aquella tara, pero mejor aún lo soportaría si no se hubiera tenido que enterar de esta trágica manera. Sucedió cuando tan solo tenía cuatro años.

Era por la mañana y la chica que trabajaba en su casa la preparaba para ir al colegio. Llegaba tarde, por lo que la vestía y peinaba a toda prisa, mientras oían el claxon del coche de su madre, que la esperaba en la puerta. Entonces ocurrió lo inevitable: María se giró hacia el largo espejo de su habitación, donde vio reflejado el molesto parpadeo. La niña no se asustó, simplemente no creyó lo que sus ojos le mostraban.

Y al igual que aquella mañana, pasaron otras muchas sin importarle lo más mínimo a María y su inusual gesto. No le importaba la opinión que la gente le concedía. Por tanto, decidió pensar que era el resto de personas los autores de estos incómodos guiños. Los autores de su pesadilla.

 
 
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