10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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De vuelta a casa
Miguel Jiménez de Cisneros Ortiz, 17 años
Colegio Tabladilla (Sevilla)

Tenía por delante casi veinte horas sin luz, solo interrumpidas por veinte minutos para comer. Así pasaban los días, monótonos y cuadriculados desde que le secuestraron. Parecía que habían pasado solo unas horas desde entonces… y a la vez parecía que habían pasado siglos.

Sabía cuál era el motivo de su retención: no haber claudicado ante un grupo de terroristas que pretendían imponer sus ideas mediante el terror. Ir a contracorriente tiene un precio caro; incluso a veces se paga con la vida. Lo cómodo para él hubiese sido mirar hacia otro lado, callar, no interferir los planes de los asesinos. Pero lo cómodo no tiene por qué ser lo correcto. Así le habían educado de pequeño: más vale morir como un valiente que vivir como un cobarde.

Al principio de su cautiverio se rebeló contra todo y contra todos, pero logró vencer el odio a sus carceleros, la sed de venganza y el rencor. Así había alcanzado la libertad, que si no era física sí era interior.

El día que le secuestraron iba con lo puesto: la cartera, un bolígrafo y un regalo de su madre que siempre llevaba encima: un rosario. Junto con el bolígrafo fue lo único que no le requisaron. Nunca lo había usado tal y como lo utilizaba ella, por eso decidió estrenarlo. Se convirtió en su única compañía, pues aquel objeto que le hacía recordar a sus seres queridos y mantener la esperanza.

Su vida desde entonces se hizo bastante simple: pensar, rezar, comer y dormir.

Un día como otro cualquiera se dispuso a iniciar la rutina. Primer acto: dormir. Se acurrucó en su esquina e intentó descansar. Tardó unos instantes en conciliar el sueño. Pasaron las horas hasta que le despertó un fuerte ruido. Esperó con los cinco sentidos alerta. Tal vez el secuestro fuese a terminar de una vez por todas, tal vez iban a asesinarlo.

Un rato después abrieron el hueco de acceso al zulo y el habitáculo se iluminó de luz natural por primera vez en cuatro años. Distinguió a un militar que, sonriente, le invitaba a salir. Como un autómata, atravesó el hueco horadado en la pared. Hacía un bello atardecer; era otoño. Algunos agentes más le saludaron amistosos. Sus secuestradores estaban encerrados en los furgones. La operación había terminado.

Sintió el aire fresco y limpio del monte, la brisa de octubre.

Su amigo Iván, oficial del Cuerpo Antiterrorista le abrazó.

-Gonzalo, por fin…

Débil por las emociones, sonrió agradecido.

Se le acercó un soldado joven.

-Suba al coche. Vamos a llevarle a casa.

 
 
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