10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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La proporción áurea
Patricia Andrés, 16 años
Colegio Ayalde (Bilbao)

Mi amiga Claudia y yo esperábamos bajo la incesante lluvia a que vinieran a recogernos. Ese día le tocaba a Carmen, madre de dos niñas de nuestro colegio. Como siempre, nos saludó con una sonrisa disculpándose por la tardanza y nos invitó a que subiéramos al coche.

Llegamos media hora más tarde a nuestro destino. Carmen se despidió de nosotras. Claudia y yo llamamos a un timbre situado bajo un logo de la proporción áurea. El día anterior habíamos comenzado a hablar de ello en clase, y por eso me llamó la atención. Qué ironía que en un lugar como aquel apareciese el símbolo de la perfección.

Nos abrió la puerta “el abuelo”. Se llamaba Xabi y con él pasamos al comedor. Allí estaban todos reunidos, unos ansiosos por la llegada del almuerzo y otros, como mi amiga Anita, con la mirada pérdida y una sonrisa que le iluminaba el rostro.

Anita es mi mejor amiga. Tiene el cuerpo muy pequeño, pero sus ojos luminosos le hacen grande. Solo nos vemos un viernes al mes. Tiene las manos frías. Tan frías que cuando las meto entre las mías se me hiela el cuerpo entero.

Aquel día me tocaba ayudarla: darle de comer y, más tarde, asearla. Aunque preferiría hacer otras cosas, no me importa porque con ella aprendo mucho, mucho más que en el colegio. Hay que tener en cuenta que ella no sabe hablar. Sus manos frías me inspiran confianza y su mirada mucha ternura.

Después de una hora efímera, volvió a sonar el timbre. Venían a recogernos. Teníamos que volver al colegio para seguir nuestros estudios sobre la proporción áurea en el arte y en la naturaleza. No sé si habré visto semejante perfección en esos campos, pero sí que he conocido a una persona perfecta a pesar de su imperfección.

 
 
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