10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Alexander
Patricia de la Fuente, 17 años
Colegio Alborada (Madrid)

-Recuerdo aquel día como si fuera ayer –dijo Lucy a su sobrina Elsa, que la observaba con atención, sentada en la alfombra.

***

Eran las ocho de la mañana. La aviación enemiga había alcanzado por sorpresa la retaguardia de la división, donde se encontraba el hospital de campaña en el que yo prestaba mis servicios. Al sonar las sirenas, acudí con mis compañeras al refugio que teníamos asignado. Estuvimos allí largo rato, hasta que otra señal anunció el final del ataque y pudimos abandonarlo. Entonces vimos horrorizadas el panorama: había soldados caídos por todas partes. Nuestro coronel nos ordenó que atendiésemos a los heridos sobre el terreno, algo que no era habitual, pues las enfermeras no solíamos salir del hospital.

Hacía poco que yo había llegado al frente, así que no tenía mucha experiencia. Echamos a andar, pero el esperpento de lo que vi me dejó tan atónita que me quedé rezagada. Cuando me di cuenta, el resto de las enfermeras se había alejado.

Me disponía a seguirlas cuando escuché el quejido de un joven que extendía hacia mí una mano suplicante.

Me arrodillé junto a él y coloqué su cabeza en mi regazo, le quité el casco y le limpié el rostro. Tenía dos impactos de bala, uno en el pecho y otro en el abdomen. Supe que aquellas heridas eran mortales. Grité pidiendo auxilio porque necesitaba ser tratado en el hospital.

Mientras esperaba, saqué de la bolsa de primeros auxilios unos apósitos y unos vendajes, y cubrí con ellos sus heridas al tiempo que le hablaba para que no perdiera el conocimiento.

Era un militar muy guapo, cuyos labios balbuceaban palabras sin sonido.

Nadie llegaba y como no podía dejarle solo, decidí susurrarle una canción, una nana que me cantaba mi madre cuando yo tenía miedo de que al día siguiente el sol no volviera a salir.

Mientras entonaba la melodía, alzó su mano y me acarició el pelo.

-Conozco esa canción –susurró. Se llevó la mano derecha a uno de los bolsillos de la guerrera y sacó una hoja de papel plegada varias veces. Tras besarla, me la tendió. Después, dejó caer pesadamente su mano sobre la hierba, como si hubiera hecho un gran esfuerzo.

Cuando la desdoblé, no pude evitar una sonrisa. Se trataba de una carta y del retrato de una jovencita. Entonces advertí que los ojos del soldado se estaban tornando vidriosos y que su piel comenzaba a adquirir un tono lívido.

«Que no muera>>, rogué.

Me vi obligada a seguirle hablando, aunque lo único que se me ocurría resultaba ridículo en una situación como aquella.

-Me llamo Lucy y tengo diecinueve años.

El joven posó un dedo en la zona donde su corazón luchaba por seguir palpitando.

-Alexander. Ella… –dijo mirando el retrato en mi mano– se llamaba… como… tú.

«¿Qué querrá decir con “llamaba”? ¿Quizás ha muerto?», me pregunté.

Como no aparecía ninguna de mis compañeras, comencé a mirar hacia todos lados. Si no llegaban pronto, no podríamos hacer nada por él, aunque sabía que iba a morir, que no tenía ninguna esperanza.

Me colocó su mano en la mejilla. Se la acaricié, intentando procurarle ternura, pues era lo único que podía ofrecerle en ese momento. Entonces comenzó a recitar el Padrenuestro.

Le acompañé en su oración. Al terminar, noté que se debilitaba aún más, que le había llegado el momento.

Le acuné como a un niño y le canté de nuevo. Entonces esbozó una leve sonrisa y me miró con los párpados muy abiertos. Me cogió la mano en la que sostenía el retrato y la carta, y se la llevó a los labios. Después pronunció mi nombre y expiró con sus bellos ojos verdes fijos en los míos.

***

-Y así fue como empezó todo, querida sobrina –concluyó Lucy.

-Qué historia tan triste, tía Lucy.

-Es cierto, es muy triste, pero me cambió la vida porque Alexander marcó un antes y un después. Ni siquiera le conocía y, sin embargo, su muerte me hizo reflexionar y supe que a partir de entonces quería dedicarme a los demás. Sé que él está a mi lado, que recibe a mis pacientes cuando no puedo hacer nada por ellos y pasan a mejor vida. Por eso le estaré eternamente agradecida.

-¿Sabes? –dijo Elsa mirando ilusionada a su tía–. Yo también quiero ser médico y servir a los demás como tú.

La niña se levantó y, dándole un beso, se despidió de ella.

Antes de salir por la puerta, se giró.

-Tía, creo que ahora tu soldado también forma parte de mi vida.

 
 
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