10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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La aurora
Patricia de la Fuente, 16 años
Colegio Alborada (Madrid)

Si alguien le hubiera preguntado a María Bordú, cuando tenía diecisiete años, qué era lo que más deseaba en este mundo, hubiera respondido: «Ver un amanecer». Porque, aunque parezca asombroso, la joven nunca había visto uno. Había paseado a orillas del Mediterráneo coqueteando con decenas de pretendientes, había montado a caballo y galopado como el viento y había disfrutado de cuantos placeres le ofrecía su pertenencia a la burguesía adinerada, pero nunca, nunca, había visto un amanecer.

La verdad, nunca le había preocupado este hecho hasta que, un día de camino a casa de su profesora de dibujo, cuando pasaba por un barrio obrero escuchó una conversación entre dos hilanderas, una más joven que ella, y la otra algo anciana. Las mujeres sopesaban las ventajas y desventajas que suponía ir cada día desde el otro lado de la comarca a trabajar en las fábricas de Barcelona, puesto que debían levantarse muy temprano si querían llegar a tiempo.

-Pero todo merece la pena al llegar a la cima de las colinas –dijo la mayor–. Allí puedes detenerte un rato para ver amanecer. Para mí, en el nacimiento del sol se resumen todas las maravillas de la Creación. Cuando era joven iba a la escuela. Era rica, ¿sabes? No soy analfabeta, y aunque lo fuera seguiría pensando que el amanecer es la más bella expresión del amor de Dios.

«Algo especial ha de tener el amanecer para que, aun estando cansadas, hablen con esa ilusión… Daría lo que fuera por verlo, como ellas, aunque solo fuera por un momento», pensó María durante el almuerzo mientras los adultos conversaban acerca de varios pretendientes que juzgaban ideales para ella.

La ilusión con la que había vivido la adolescencia se desvanecía poco a poco. Ya no le importaban los jóvenes caballeros que se cruzaban por su camino ni las vanidades de que fue objeto desde pequeña. En realidad, sus padres desconocían sus sentimientos, su deseo de subir al Tibidabo antes del alba para ver amanecer; estaba segura de que se lo prohibirían. Les parecería una locura, porque para ellos madrugar era aniquilar la belleza del rostro y matar el ánimo sin necesidad, y a ella la necesitaban fresca y hermosa para conseguir un buen partido.

Transcurrió el tiempo y cada vez se hacía más fuerte el deseo de María de ver su ansiada alborada. Se encontraba dispuesta a todo con tal de alcanzar su sueño. Incluso llegó a planear una fuga, pero nunca la llevó a cabo.

La víspera de su decimoctavo cumpleaños, cuando bajó al comedor se encontró con sus padres, que no solían acompañarla en el desayuno. María les escrutó con sus verdes ojos, pues sabía que si estaban allí era por alguna extraña razón. Cuando la vieron llegar, la hicieron tomar asiento y se colocaron frente a ella.

-Mañana cumples dieciocho años, querida. Esa es una edad muy importante –empezó su madre.

-Ya eres toda una mujer, María –continuó su padre–. Debes empezar a comportarte como tal. Todo lo que te hemos enseñado lo tienes que poner en práctica a partir de mañana.

La joven miró a uno y a otro con los ojos muy abiertos. Entrevió lo que sus padres pretendían comunicarle.

–Por fin hemos encontrado el hombre perfecto para ti –le anunció su padre–. Mañana vendrá de visita para conocerte.

María dejó escapar un quejido, se levantó con brusquedad y se dirigió a la puerta, con el rostro pálido a causa del desconcierto. Ante tan extraña reacción, su madre exclamó:

-¿Qué te sucede? Creímos que te ilusionaría saber que por fin tienes un prometido, de buena familia y bien parecido, con el que podrás contraer matrimonio muy pronto.

María negó con la cabeza, sintiendo que unas lágrimas resbalaban por sus ardientes mejillas. Sin mirar atrás, salió de la casa, corrió hacia las caballerizas y, sobre su yegua, galopó en dirección a un bosque que hoy ya no existe.

Le bullía un sinfín de pensamientos. Tenía la certeza de que al día siguiente ya no sería libre. Entonces recordó a una amiga que iba a contraer matrimonio; su prometido era un hombre ajado que rondaba los cincuenta. Se preguntó por qué había de casarse con alguien a quien no conocía y que, seguramente, la doblaría en edad.

Cabalgó hasta mediodía sin llegar a salir de la comarca. Se refugió bajo unos arbustos, a los pies de una colina. Permaneció allí el resto del día, sentada en la hierba, meditando… y se olvidó por completo de su sueño. Su querido amanecer no era nada comparado con lo que se le venía encima. Y para completar el cuadro, se había escapado de casa. ¿Volvería?... Sí. Sabía que, aun a pesar del furor que sentía, volvería con sus padres y cumpliría con su obligación, como siempre. Pero también sabía que no sería la misma y que, si se casaba con ese hombre, envejecería rápido, muy rápido. Y así, con estas cavilaciones, se quedó dormida.

No sabía a ciencia cierta qué hora era cuando despertó, pero era noche cerrada, y como había descansado lo suficiente no volvió a dormirse. Se levantó y se dirigió a su yegua para montar en ella y regresar a casa. Entonces se acordó… Recordó su anhelado sueño y supo que Dios y el destino le iban a permitir disfrutar de un último capricho. Corrió colina arriba y cuando llegó a la cima, se arrodilló en el suelo para ver su amanecer, que no tardó mucho en mostrarse: primero una pequeña luz en el horizonte; luego, una franja rosácea que se ensanchó pasado el tiempo. El cielo parecía prenderse en llamas. Poco a poco, la luz ganó terreno a la oscuridad y el proceso llegó a su apogeo cuando, tras una larga espera, apareció el astro rey que, ganando la última batalla a la noche, hizo que ésta se fuera retirando por detrás de María, quien nunca hubiera podido imaginar que pudiera producirse algo tan hermoso como el primer albor. Entonces comprendió que tras los peores sinsabores siempre se encuentran momentos de luz como el que acababa de presenciar, y que debía volver a casa para cumplir su deber.

Cuando más imbuida se encontraba en sus reflexiones, un sonido atrajo su atención. Se giró y vio a un joven que contemplaba el amanecer, como ella. Se levantó y observó su delgado rostro. Sus ojos azules contemplaban ensimismados la luz del Sol. Su boca, muy fina, dibujaba una estrecha sonrisa. Su pelo se agitaba serenamente con la brisa del alba.

-Es bella ¿verdad? –dijo el joven–. Sólo la había visto una vez, cuando era muy pequeño. Ahora me parece aún más hermosa. Tenía una tía que decía que la aurora es la más bella expresión del amor de Dios. No sé qué ha sido de ella. Quisieron casarla con alguien a quien no quería y desapareció. –A María le brillaron los ojos y el joven supo que se iba a echar a llorar–. ¿Qué hace usted, tan joven, aquí sola? –Ella guardó silencio–. He visto su yegua. ¿Me permitiría acompañarla a su casa?

María no rehusó. Juntos bajaron la colina y cada uno montó su caballo. Llevaban un rato cabalgando cuando le preguntó de nuevo el motivo de su presencia allí.

-Quería ver el amanecer. Nunca había tenido la ocasión. Hoy cumplo dieciocho años –le dijo María.

-¡Qué casualidad! También los cumple mi prometida. –El caballero inclinó la cabeza a modo de felicitación.

María sonrió. Empezaba a sentirse cómoda con aquel desconocido.

-¿Cómo se llama? ¿Es hermosa?

-María. Pero su belleza la ignoro porque nunca la he visto. Me dirijo a su hogar en Barcelona para conocerla.

 
 
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