10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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La sonrisa culpable
Patricia de la Fuente, 16 años
Colegio Alborada (Madrid)
Haced desaparecer el Amor y el mundo se convertirá en una tumba.
R. Browning

Para cuando las dos damas llegaron a la fiesta que aquella noche se daba en casa del señor Greystone, la reunión ya había dado comienzo.

Una criada las hizo pasar, y recogió sus capas para colocarlas en un cuarto contiguo a la entrada. Gemma y la señora Lovelight fueron conducidas por un largo corredor hasta un salón donde los invitados conversaban animadamente.

La señora Lovelight se incorporó rápidamente a la tertulia, sin embarazo alguno, mientras Gemma paseaba la mirada entre los allí reunidos, apoyada en el marco de la puerta, buscando un rostro, el de la persona a la que había de dar una respuesta que no tenía. Aburrida, decidió ceder a su curiosidad y emprendió una atrevida empresa: la exploración de la vieja mansión. Fue al subir por la escalera que conducía a las habitaciones principales cuando advirtió que un hombre joven la observaba desde el piso superior.

-Creí que no vendría después de lo que sucedió –le dijo, bajando lentamente hasta quedar un escalón por encima de ella.

Gemma esquivó la mirada inquisitiva de su anfitrión.

-Su madre insistió en que viniéramos. No podíamos declinar su invitación, como podrá suponer –respondió mientras John Graystone se colocaba en las manos unos guantes de color perla.

Él, al oír esa respuesta tan fría, se dispuso a bajar el trecho de escalera que quedaba, pero se sobrepuso y le tendió el brazo a la joven y bajaron juntos. Así entraron en la sala, en donde los invitados seguían riendo y charlando.

-Gemma, querida, me preguntaban por ti. Este buen señor se ha atrevido a apostar que eres la joven más hermosa de la reunión –le dijo la señora Lovelight, quien, al ver a Gemma del brazo de John Greystone, agregó burlonamente-. ¿Dónde estabas, preciosa?

Entonces la joven soltó el brazo de su apuesto compañero y se dirigió hacia su tía para besarla con un mohín malicioso que dedicó con mucho gusto a John.

Una sirvienta anunció la cena. Los comensales se dirigieron al comedor. Cuando Gemma fue a salir del salón, John le impidió el paso.

-¿Hasta cuándo, Gemma? Mi corazón no aguanta más la incertidumbre –. A Gemma le resultó imposible sostener la mirada del joven. Éste se inclinó hacia ella con gesto afligido-. ¿Es que no me quieres? Dime algo, aunque sea una negativa. Tu silencio es peor que cualquier rechazo. Me da la sensación de que a cada momento tus dulces ojos oscuros van a derramar lágrimas. No puedo contener por más tiempo estas emociones.

Gemma apartó la vista de John. Y en el momento en que el joven rozaba su mejilla con los dedos en un intento de caricia, el párroco apareció tras él con una copa en la mano, reclamando su presencia para dar comienzo a la cena. El señor Greystone dejó a Gemma sola y confundida, como cuando llegó a Scarborough junto a su madre, las dos solas, sin nadie que las amparara. Su padre, un respetable juez, las había abandonado para marcharse con la hija de un magistrado de Bath. A Gemma se le partió el corazón. Al destruirse su familia, se esfumaron todos sus sueños, y con ellos la idea que tenía del amor.

Cuando llegaron a Scarborough, una tía de su madre, la señora Lovelight, las acogió a las dos. Gemma pasó la adolescencia lamentando su desgracia, hasta que, un día, su amable tía le presentó a un joven muy bien parecido que le devolvió la confianza. Él, John Graystone, fue un bálsamo lo suficientemente fuerte como para que la desengañada joven pudiera volver a creer que el cariño y la amistad no son una ilusión. Su madre, sin embargo, nunca se recuperó; pasaba las horas sentada cerca de una ventana que daba al mar. Más de una vez, Gemma sintió la tentación de hacer lo mismo y dejar la vida pasar, como un reloj que no puede hacer nada para que las manecillas sigan girando. Pero, gracias a su nuevo amigo, rebrotó la felicidad en su vida.

Desde el primer momento John le mostró una admiración fuera de lo normal, y, pasado un tiempo, todos comenzaron a murmurar acerca de los dos jóvenes. Gemma no podía negar que, aunque sentía algo especial por John, nada más allá de la simpatía le impulsaba a buscar su trato. Y pensaba que él sentía lo mismo, hasta que un día se le declaró. Cohibida, dejó al joven con la palabra en la boca y huyó a las ruinas del castillo que había junto a la casa de John, y allí pasó un día entero recapacitando. Con la declaración de amor de John Greystone, la herida de la infancia se le había abierto de nuevo. Desconociendo cuáles eran sus propios sentimientos e incapaz de creer que el amor real es para siempre, Gemma no pudo volver a mirar a John a los ojos. El joven, sin embargo, esperó pacientemente la respuesta.

Durante la cena, Gemma callaba, sabiendo que, en cualquier momento, John la invitaría a salir al jardín y le haría de nuevo la misma pregunta. Apenas escuchaba el diálogo que se mantenía en la mesa, pero sí pudo oír un comentario referido a ella y a John. Entonces dirigió al joven una mirada y, al ver que éste la observaba, derramó dos lágrimas. Sin pedir permiso, Gemma salió de la casa y corrió, sin mirar atrás, hacia las ruinas del castillo.

Desde el lugar donde Gemma se sentó, la luna y el mar se veían brillantes, en perfecta armonía.

-¡Gemma¡ –la voz de John la sorprendió.

El joven se encontraba de pie, justo detrás de ella. La joven se incorporó, temblando. Nuevamente, la incertidumbre fue protagonista del encuentro.

-¿Qué ocurre? –John se acercó y la tomó de las manos–. Dime, ¿es la gente? ¿Es por tu padre? ¿Crees que mi amor no durará?...

El silencio de Gemma confirmó cada uno de sus miedos.

-No, Gemma. Tu idea sobre el amor es errónea. Te amo. Y si no me quieres o tienes miedo… no importa. Siempre te amaré. Nunca aceptaré a otra por esposa. Prometo por mi honor que jamás amaré a otra mujer.

Por un instante, a Gemma se le paró el mundo. Ante sus ojos, iluminado por la luz blanca de la luna, el rostro de John se veía compungido y lleno de sincero afecto. Sus ojos azules, anegados en lágrimas, fueron el aldabonazo que el corazón de la joven necesitaba para reconocer sus propios sentimientos. Vencida ya toda resistencia, cayó de rodillas, llena de paz, llorando… y sonriendo como nunca. Él se arrodilló junto a ella y tomó su cara entre las manos. Viendo la felicidad reflejada en su cara, supo cuál era la respuesta, y abrazándola y acariciando su cabello le dijo:

-Así, así, amor, no tengas miedo. Sonríe siempre. Así se ahuyenta la duda. Fue esa sonrisa tuya… –dejó de abrazarla para observar su rostro–. Sí, desde luego, ella fue la culpable.

 
 
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