10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Inmóvil
Pilar Zhang Qiu, 16 años
Colegio Monaita (Granada)

El señor Martín se encontraba en su vieja mecedora, con los ojos puestos en el mismo rincón de la casa, vacía y polvorienta. Era allí en donde su mujer acostumbraba a charlar con sus amigas y mirarle de reojo para asegurarse de que no se aburría.

Ella y él habían sido científicos. De hecho, juntos habían realizado muchos experimentos.

-Te echo de menos…-suspiró el señor Martín con la mirada clavada en un jarrón de delicada cerámica china.

Se puso en pie ayudado por un bastón y caminó hacia un baúl. Lo abrió y tomó un cuaderno. Era el diario de su esposa.

Abrió una página al azar. Había una fotografía de su mujer. La miró. Estaba preciosa.

-Te quiero –dijo después de besarla.

Alejándola de él, posicionó la foto de manera que ella parecía estar allí, sentada sobre su antigua silla y preparada para mantener uno de aquellos largos coloquios. La luz que se colaba al lado de la foto cegó al señor Martín, obligándolo a apartar la vista.

Abrió lentamente los ojos y vio varios trozos de periódicos enmarcados. Uno de ellos, el más querido, estaba en un marco dorado. “Entrega del Premio Príncipe de Asturias al doctor y la doctora Martín, autores de la cura para el síndrome de Guillain-Barré.” Sonrió al verlo. Pasó la vista a otro no tan bien adornado. Estaba arrugado, como si alguien furioso hubiese querido romperlo. El titular decía: “El Sr. Martín se retira de la Ciencia tras la muerte de su esposa”. Sí, el señor Martín era el responsable de los pliegues de aquella página. ¡Qué ironía que su mujer hubiese muerto por la misma enfermedad a la que habían encontrado cura! Aún así, con mucha fuerza de voluntad, guardó todos los artículos en los que se mencionaba el nombre de su amada.

Suspiró y bajó la foto.

<<Ding, dong>>...

Cogió su bastón y se dirigió a la puerta.

-Hola señor Martín, venía a…

-Sí, sí, ya lo sé. Viene de parte del Consejo Científico. Dígales que no tengo tiempo.

-Pero, señor Martín…

Entonces sonó el golpe de madera contra madera, concluyendo así la conversación.

<<¡De veras que son pesados!>>, pensó.

Cogió de nuevo la foto y, algo enojado, la dejó al lado de una frase escrita por su mujer: <<Ningún problema es tan importante como para quedarte inmóvil>>.

El señor Martín volvió a mirar la fotografía. Pensó durante un instante. Súbitamente se levantó y se puso la americana, se calzó los zapatos y abrió la puerta.

-¡Sebastián, espere!-gritó al mensajero-.Voy con usted.

-Con mucho gusto señor Martín.

Sebastián le abrió la puerta del coche y el señor Martín, esbozando una sonrisa, entró. Partieron, dejando atrás un rastro de neumáticos, además de la tristeza acumulada hasta entonces.

 
 
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