10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Quince centímetros de distancia
Pilar Zhang Qiu, 16 años
Colegio Monaita (Granada)

-¿Estás preparado?

-Siempre lo estoy -respondió Adrián.

Adrián giró la llave y pisó el acelerador, alejándose tan deprisa que aquel hombre empezó a difuminarse bajo el manto de la noche.

La aguja del indicador de velocidad no paraba de subir mientras el salpicadero se empapaba de vodka y el interior del coche se inundaba de risas tontas y flirteos entre María y Adrián.

-¡Ha estado genial! –se rio María-. ¿Has visto su cara?

-¡Menudo tonto!... ¿Quién se atreve a recoger a unos muchachos medio borrachos en plena carretera?

-Y, además, de noche.

Adrián había arrebatado el volante a aquel buen samaritano dispuesto a ayudarles, con el fin de impresionar a María.

Ambos siguieron bebiendo, haciendo añicos lo que les quedaba de sentido común, hasta que el chico dejó de mirar al frente y dirigió sus ojos hacia ella. Su aliento con un suave olor a vodka rozó el rostro de la chica. Entonces…

Todo se volvió confuso.

Aquel segundo de distracción había desembocado en un giro demasiado rápido, que provocó que el coche se saliese de la carretera, directo al vacío. Sus cuerpos impactaron contra el salpicadero. Adrián se golpeó contra el volante, rompiéndosele las costillas. María, sin ningún obstáculo, salió lanzada por el parabrisas.

Adrián vagó entre dos mundos: la realidad y la ilusión. Nada parecía real. Se llevó la mano al costado. Todo le dolía. Tenía miedo de morir, pero otra cosa lo atemorizaba más aún.

Entonces lo vio: el cuerpo de María se hallaba inerte sobre un charco de sangre.

El sueño empezó a apoderarse de él. Deseaba volver a beber para quedarse inconsciente del todo, pues no eran quince los centímetros que le separaba de ella, sino una frontera que no podía traspasar.

 
 
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