10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Picada por el gusanillo de la aviación
Sandra Castro, 15 años
Colegio La Vall (Barcelona)

-Te toca ayudar a ese hombre, el que está recostado en la segunda cama a tu derecha. Nos vemos para comer. ¡Hasta ahora!

La jovencita de pelo oscuro obedeció al instante. No era que su jefa la intimidase, simplemente que en los tiempos que corrían prefería callar y hacer. La guerra continuaba sin dar señales de que fuera a terminar. Ningún país quería dejar el arma en el suelo y rendirse, ya que el orgullo humano es algo difícil de vencer. Durante los días que llevaba trabajando como voluntaria en labores de enfermería, había visto a muchos de pilotos heridos en combate. Casi todos ellos eran hombres con mujer e hijos dispuestos a dar la vida por su país. Era admirable, pensaba, pero terrible a la vez.

Con paso lento se dirigió a su paciente. Estaba tan cansada que se le habían pintado unas sombras moradas bajo los ojos, debidas a la sucesión de días y noches de trabajo. Por eso no se dio cuenta de que había llegado a su destino, hasta que escuchó la voz ronca de un joven:

-Usted debe de ser mi enfermera.

Asintió tímidamente. Con un paño mojado le palpó la frente para que notase frescor, antes de curarle las heridas de la cara.

-¿Podría contarme una historia? –le pidió el herido-. Llevo mucho tiempo sin escuchar algo entretenido y usted tiene pinta de narrar buenos cuentos.

Sorprendida, alzó la vista y se topó con sus ojos claros que le suplicaban que le hablase.

Después de un largo suspiro, comenzó:

-De pequeña me gustaban las cosas de los chicos. Recuerdo que mis amigas se reían de mí a causa del interés que me despertaban los coches y los aviones. Ellas no me entendían, pero a mí me parecía normal aquel asombro por los motores. Además, ¿por qué una mujer no puede pilotar o conducir un coche de carreras? Por eso me propuse ser distinta. Le pareceré que estaba loca, pero coleccionaba fotografías de mujeres que sobresalían en actividades tradicionalmente protagonizadas por hombres. Cuando encontraba una, rápidamente la pegaba en un álbum que guardaba bajo llave. Era mi tesoro. Además, empleaba el tiempo libre en escalar árboles, deslizarme en trineo, disparar a las ratas con una escopeta de balines…Pero nada me generaba tanta admiración como los aviones. El primer aeroplano lo había visto en una feria. Pensé que era un aparato hecho de cables y madera, poco interesante, hasta que me pregunté cómo era posible que un cachivache como aquél pudiese avanzar por el aire y no caer a la tierra. ¡Va contra las leyes de la gravedad! Decidí que era cuestión de magia. Fíjese que ayer tuve la oportunidad de visitar el Cuerpo Aéreo Real y es… ¡fascinante! Así que me he dejado picar de nuevo por el gusanillo de la aviación.

El joven sonrió.

-Entonces, después de todo lo que acababa de contarme, ¿cuál es su sueño?

-¿Quiere que sea sincera?... Ser la primera mujer en cruzar el océano Atlántico a los mandos de un aeroplano.

-Pues no tengo dudas de que algún día lo conseguirá, porque al decírmelo he visto de qué modo le brillan los ojos.

-Gracias; no sé qué decir.

-No hace falta que diga nada –le sonrió-. ¿Cuál es su nombre?

-Amelia. Amelia Earhart.

***

En 1928 Amelia Earhart se convirtió en la primera mujer que realizó, como pasajera, la travesía del Atlántico en un avión comandado por los pilotos Stultz y Gordon. Recorrió los 3.200 kilómetros que distan entre Terranova y Gales.

 
 
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