10ª Edición  |  Curso 2013-2014
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Aquellos maravillosos años
Teresa Gómez, 16 años
Colegio Ayalde (Bilbao)

Mi hermano Pablo tenía tres años cuando se tragó un silbato.

Nos lo dijo desde la puerta del salón, al principio con unas lágrimas que le abrían anchos carriles por los mofletes. Pero como mi madre no colgaba el teléfono decidió gritar. A fin de cuentas, incluso un niño tan pequeño reconoce el peligro de llevar un instrumento musical (aunque sólo ofrezca sonidos primarios) en el estómago.

Unos momentos antes, mamá estaba en el salón, habla que te habla con una compañera de trabajo. Yo peinaba a mi muñeca sentada en el sofá y oía a mis hermanos al otro lado del pasillo. Uno de ellos se había hecho con un silbato y soplaba con fuerza, atronando por toda la casa mientras los demás le pedían que compartiera el juguete.

Por fin cesó el molesto ruidito, pero la calma no duró mucho: Pablo se acercó llorando.

-¿Cuántas veces os he dicho que no me interrumpáis cuando hablo por teléfono? -se enfadó mamá- Sí, claro, Estibaliz… Tenemos que ver cómo… A ver, Pablo, ¿quién te ha pegado? –se apretó el auricular entre la barbilla y el hombro- ¿Ha sido Álvaro?

-Voy a morirme. Me he tragado el silbato y se me va a quedar en la tripa para siempre.

-Perdona, Estibaliz, tengo que dejarte... Mi hijo Pablo acaba de tragarse un silbato. Sí, como lo oyes. Si es que lo que no hagan mis hijos…

Colgó y se arrodilló juntó a mi hermano. El tradicional y milagroso “Cura sana…” no produjo su efecto. Entonces cogió el teléfono de nuevo para consultar la situación con una amiga pediatra. Mientras tanto nos acercamos con curiosidad a Pablo. Le convencimos para que dejara de llorar.

-A lo mejor, a partir de ahora sólo hablas silbando –le dijo uno de nosotros.

Pablo tosió, gritó, estornudó, susurró -al principio a regañadientes, después compartiendo nuestra emoción-, pero de su boca no brotó el anhelado silbido. Era como si no tuviera nada en su interior, como si todo fuese mentira.

Cuando mamá se dispuso a llevárselo al hospital, nos encontró a los dos mayores apretándole las costillas para ver si así el juguete daba señales de vida.

-¿De qué sirve tragarse un pitio si no puedes silbar con él? –nos justificamos ante ella.

-¿Podéis dejarle en paz? Le vais a hacer daño. ¿Dónde estará vuestro padre?...

En ese momento se abrió la puerta. Entró papá con una carpeta de documentos en una mano y el paraguas en la otra. Pero esa vez no nos tiramos a sus brazos; otro asunto requería nuestra atención.

-Tu hijo Pablo se ha tragado un silbato.

-¿Qué? –preguntó con sorpresa.

-Tranquilo, que no le duele nada, pero le voy a llevar al médico.

En el hospital concluyeron que si lo había ingerido con normalidad también lo expulsaría sin incidentes. Aunque como lo último que se pierde es la esperanza, seguimos acosándole durante unos días. En compensación nos quedamos con una bonita radiografía en la que se apreciaba el cilindro de metal en su estómago. Nos turnamos para llevar la prueba a clase, dónde nuestros compañeros nos preguntaban, con los ojos como platos, si Pablo silbaba al hablar o había adquirido algún otro poder extraño.

 
 
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