11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Cuestión de educación
Anna Comas Sabadell, 15 años
Colegio La Vall (Barcelona)

Una mala pisada durante una competición de esgrima me obligó a llevar muletas durante tres semanas, lo que me causó no pocos problemas.

Me referiré a uno de ellos, del que he sacado algunas conclusiones: tuve que desplazarme desde mi casa al centro de Barcelona. Son cuarenta minutos de viaje en tren. Conociendo la lentitud de mis movimientos, llegué antes a la estación, con tiempo más que suficiente para colocarme en el andén y así facilitar la subida al vagón.

Cuando se abrieron las puertas, bajaron cuatro o cinco pasajeros. Entonces comprobé que el vagón estaba abarrotado de gente. Entré como pude y avancé un poco, a pequeños saltos, hasta la zona de los asientos. Todos estaban ocupados, pero creí que al verme impedida, alguna persona me cedería su sitio. No fue así; permanecí en pie hasta que, en la parada siguiente, algunos pasajeros se bajaron y al fin me pude sentar.

Algunos pensarán que debería haber sido yo la que le pidiera a algún joven su plaza. Otros, sin embargo, encontrarán normal que no se ceda el sitio a quien se sube más tarde. Pero otros se habrán quedado sorprendidos.

Recuerdo que cuando era pequeña, si un anciano o una embarazada entraban en el tren, lo habitual era que la gente les dejara su butaca. Pero desde hace unos años suceden situaciones como la que acabo de relatar.

¿Qué ocurriría si por unos días todos recuperásemos los modales? No tengo duda de que la convivencia sería más agradable, aumentaría la cordialidad y la paciencia, el trabajo en equipo sería más habitual y crecería la confianza en nuestras relaciones. A fin de cuentas, la educación es contagiosa.


 
 
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