11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Corsarios digitales
Eduardo Sanz Campoy, 16 años
Colegio Mulhacén (Granada)

¿Quién podría decir que no ha lanzado la primera piedra?... Que si una película, que si una serie de televisión, que si un libro o un juego electrónico… la piratería es el pequeño delito que a todos nos salpica, pues no hay riesgos, penas ni testigos: basta abrir un programa, poner el nombre de lo que buscamos y dar al botón de “Descargar”. No nos preocupa si esta acción hace daño a alguien (las productoras, los actores, autores, cantantes, distribuidores…) o si pone en riesgo el que podamos seguir disfrutando de la cultura.
A nadie le gustaría que un ladrón se metiera en su casa, que hurgara en los cajones y se llevara aquello que, a su juicio, no tiene valor. Entonces, ¿por qué no opinamos igual sobre la piratería digital?

Al igual que en un gran almacén sin vigilantes ni alarmas, millones de cibernautas actúan con soltura porque los dueños de derechos y patentes, en vez de buscar alternativas para protegerse (como haría el dueño del comercio), se limitan a lanzar quejas y lamentos que no terminan de conmovernos.

No obstante, sí que ha habido ciertos logros frente a la piratería digital. Por ejemplo, a través de actualizaciones constantes que hacen los productos informáticos más apetecibles o de crear plataformas cibernéticas que proporcionan videojuegos de forma más barata. Sin embargo, parece que el terreno literario tiene un largo camino que recorrer. Porque la música se ha lanzado a una lucha sin cuartel, mediante el inmenso potencial de “Youtube” o de la creación de portales de contenido a cambio de módicas mensualidades (“Spotify”), ofertando además un mayor abanico de posibilidades a los artistas.

Logros como estos han demostrado que la piratería se puede combatir. Eso sí, queda en nuestras manos concienciarnos de que piratear es robar.


 
 
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