11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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El secreto
Enrique Conde, 14 años
Colegio El Prado (Madrid)

La otra tarde recibí en mi móvil un mensaje, a través de WhatsApp, de una amiga que vive en Inglaterra. Rápidamente cerré el Facebook, le subí el volumen a mis cascos y abrí Messenger para continuar nuestra conversación. El tiempo que mi <<Hola q tal!!>> tardó en llegar a la Pérfida Albión y ser leído y contestado, lo aproveché para comprobar si había alguna imagen interesante en Instagram. Más tarde leí las noticias deportivas que se actualizan online y volví de nuevo al WhatsApp para silenciar dos grupos que estaban “petando” y responder con un “jajaja” a la foto de mi amigo Javier.

Antes de cenar, pensé: <<La cosa se nos está yendo de las manos>>.

Me gustaría aclarar que las redes sociales pueden ser como el vino: un poquito al día es beneficioso y hasta recomendable, pero si bebemos demasiado acabamos enajenados y, por tanto, afecta a nuestra salud. Por tanto, las redes son una buena herramienta para mantenerse en contacto con mucha gente. Por otro lado, Internet hace posible esta especie de magia.

¿Hasta dónde es esa accesibilidad beneficiosa y a partir de dónde se convierte en una esclavitud? Si Quevedo hubiese sido coetáneo nuestro, en vez de escribir “tenía todo el cerebro en poder de las uvas”, habría escrito “tenía todo el cerebro en poder de Internet”.

El aspecto más preocupante de las redes sociales es su poca autenticidad. No es lo mismo estar en una sala hablando con un amigo y reírse juntos que poner dos emoticonos sonrientes debajo de una imagen con un encabezamiento medianamente sarcástico.

Así como las redes sociales tienen la ventaja de ayudarnos a desconectar durante un rato de la rutina, también nos pueden hacer perder la noción de los sentimientos del otro cuando recibe nuestro mensaje. De alguna manera, perdemos la oportunidad de ejercitar nuestra inteligencia emocional.

De la misma manera, la socialización virtual nos da la oportunidad de convertirnos en un ser irreal, distinto por completo de lo que somos, de quiénes somos, lo que es un arma de doble filo. Irónico, ¿verdad? Lo que en un principio fue originalmente pensado por el hombre como una herramienta para relacionarse, puede acabar tomando el control de nuestra vida.

El secreto del buen uso de las redes sociales reside en tener un objetivo siempre a la vista, para usarlas como la herramienta que nos ayuda a conseguirlo. Con ellas mantenemos el contacto con nuestros amigos, “haciendo del mundo un pañuelo”, nos damos a conocer e, incluso, participamos en debates. Su potencial es inimaginable en muchos campos: el profesional (Linkedin), el social (Facebook), el comercial (plataformas Business-to-business) y hasta el artístico y fotográfico (Instagram). Por eso son el futuro, lo queramos o no.

Para sacarles el máximo provecho y no que nos lo saquen ellas a nosotros, hay que aprender a manejarlas de forma efectiva y segura.


 
 
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