11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Solo era un perro
Eugenia Barcia, 16 años
Colegio La Vall (Barcelona)

-Venga va, no llores.

-¿Que no llore…? Tú no lo entiendes, ¿verdad?

-Es triste pero, al fin y al cabo, solo era un perro.

Desde que tengo memoria he vivido con perros. Una parte de los sonidos que reconozco como familiares son el rascar de sus zarpas sobre el suelo de madera, de ladridos nerviosos y los aullidos que rompen el silencio a las tantas de la noche.

Recuerdo con mucho cariño al husky que me vio llegar a casa por primera vez. Su mata de pelo nórdico soportaba cualquier perrería -nunca mejor dicho- por parte de mis manos pequeñajas, como metérselas en las orejas. También me sentaba a horcajadas en su lomo como si fuera un caballo. Él dormía con un ojo abierto en mi habitación, y gruñía a cualquier familiar que se me acercara. Fue como un ángel de la guarda. Cuando no volvió a casa tras una visita al veterinario, mi alma de niña se resquebrajó por primera vez. En ocasiones se me olvidaba que ya no estaba, y salía a buscarlo al jardín para aullar juntos o dar una vuelta sobre su lomo.

Cuando cumplí ocho años, llegó un nuevo compañero a casa. Me dijeron que yo era su dueña y que lo cuidara bien. Nos convertimos en un dúo. El pequeño cocker marrón y la niña rubia iban juntos a todas partes. Él era el primero en saludarme cuando llegaba a casa del colegio, el que se ofrecía a jugar en aquellas aburridas tardes de domingo en las que los adultos no se levantaban del sofá, el nuevo guardián que dormía con un ojo abierto a los pies de mi cama... De hecho, mientras escribo estas líneas aparto la mano del teclado para acariciar su lomo.

Dicen que entre un perro y su amo suele nacer un sentimiento de empatía. Quien haya tenido uno, puede confirmarlo.

Tal vez esta convivencia es la que me incita a querer dedicar mi vida a cuidar de ellos, la que me haga desear que otros niños puedan tener un amigo como los que tuve y tengo.

‘’Cuando desaparece un perro noble y valiente, el mundo se torna más oscuro’’, escribió Arturo Pérez- Reverte. Una amiga mía ha perdido a su perra hace poco y, viendo sus ojos tristes, me acosa el recuerdo de aquel husky, mi primer compañero, mi primera pérdida, y no puedo estar más de acuerdo con el escritor.

Solo era un perro, dicen. Esas personas no son capaces de comprender lo que un pe-rro puede llegar a significar para su dueño. Probablemente nunca han tenido uno.

Sí, solo era un perro, pero me enseñó que los de su especie pueden llegar a ser más fieles que muchas personas.


 
 
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