11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Una visita al Rijksmuseum
Mª Eugenia López Espejo, 16 años
Colegio Zalima (Córdoba)

Un día de lluvia y frío intenso, mis padres me llevaron a conocer a los personajes de la más importante pinacoteca holandesa. Todos se encontraban resguardados en el magnífico edificio del Rijksmuseum, en Amsterdam. Mi actitud inicial -debido a mi desconocimiento- fue de indiferencia; todos los cuadros me parecían iguales. Me limité a escuchar las largas explicaciones de mi madre, que con paciencia nos iba leyendo lo que decía una guía, a la vez que nos sugería que nos fijásemos en algunos detalles que a ella le parecían importantes. Me sentía arrastrada de una sala a otra, que poco se diferenciaba de la anterior, cuando, de repente y sin saber cómo ni por qué, me empezaron a impactar las miradas (unas serias y otras risueñas) de unos personajes. Supe en ese momento que aquellas figuras que me habían parecido solemnes y aburridas, exigían mi atención.

Los cuadros parecían cobrar vida. En ellos aprecié las posturas y los trajes de las figuras, la textura de los bordados de los vestidos de la burguesía holandesa y hasta los rizos dorados en la cabellera de una joven que clavaba sus ojos en los míos. Los lienzos narraban mil y una historias, abriéndome la posibilidad de formar parte de sus escenas, transportándome a los momentos históricos, académicos y domésticos donde transcurrieron, siglos atrás, las vidas de los habitantes de los Países Bajos.

Me encontré tan a gusto observando aquellos cuadros, que creé con cada uno de sus personajes un vínculo especial, pues intenté sentir como ellos, a pesar de ser tan sólo una turista que se encontraba de paso.

Nació cierta complicidad: compartí la simpatía de El alegre bebedor, de Frans Hals, a la vez que oía la leche al caer sobre el plato, en La lechera de Vermeer. También sentí una especial alegría por El tratado de Münster, que ponía fin a la guerra de los Treinta Años, al mismo tiempo que mostraba interés por formar parte de la campaña militar representada en la Ronda de noche, de Rembrandt y luchar contra alguno de esos caballeros.

Aquella visita al museo fue un viaje por el tiempo, en el que la belleza se hizo la protagonista. En aquellas pinturas descubrí la vía que conduce al buen gusto, el entendimiento y la sensibilidad. Comprendí que sólo hay que pararse y aprender a mirar con los ojos del alma, como dijo Leonardo da Vinci: “La pintura es poesía muda; la poesía, pintura ciega”.

 
 
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