11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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El obstáculo
Marta Cobo, 16 años
Colegio Zalima (Córdoba)

Entre las dos pistas, con la respiración agitada y las manos fijas en el cuello del animal, esperé a que abrieran las puertas. Mientras, mi profesor intentaba que me relajase, recordándome las zonas claves del recorrido.

Galopé hacia el centro de la pista, detuve a mi yegua en seco y esperé a que dijesen mi nombre por megafonía. Ya no había vuelta atrás. Bajé la cabeza y retrasé el brazo derecho hasta que los jueces tocaron la campana.

En ese momento perdieron importancia los ensayos o cómo saltó mi yegua el día anterior. Lo único que valía era el aquí y el ahora. Tanto tiempo de entrenamiento para apenas disponer de un minuto para darlo todo…

Acaricié a mi compañera en el cuello, le susurré unas palabras cariñosas al oído y me coloqué lo mejor que pude sobre la silla. Galopamos fuerte en dirección al primer salto: este era sin duda uno de los más complicados. Intentaba no pensar en nada más, concentrarme al máximo.

Mantenía muy presente los consejos de mi entrenador: <<Tu rendimiento está en la mente: menos cálculo, menos preocupación, menos miedo, menos nervios y menos distracciones>>.

El obstáculo estaba frente a mí.

Apreté las piernas, bajé los talones, pegué los codos al cuerpo, procuré no levantar las manos, alcé mi cabeza intentando medir la distancia para el salto, fijé los ojos en el obstáculo y, a la vez, más allá de él. Notaba cómo las orejas de mi yegua se movían, se ponían firmes. Conocía aquel gesto; el animal sabía qué tenía que hacer.

¡Lo superamos!

Ya tranquila, avancé con fuerza para enfrentarme al siguiente obstáculo...

Siento por mi yegua una mezcla de confianza y miedo a que se pare frente al salto. Esos miedos son barreras que me coloco a mí misma, que me hacen saltar con el cuerpo rígido.

Finalicé el recorrido sin ninguna penalización.

 
 
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