11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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La ciudad que no duerme
Sofía Daley, 14 años
Colegio Iale (Valencia)

Cuando tenía ocho años, mi padre solicitó un traslado a Hong Kong, a donde nos fuimos a vivir durante cuatro años.

Cuatro años no es un periodo muy largo en la vida de una persona, pero fue suficiente para cambiar mi punto de vista sobre muchas cosas y para poner una pieza más al puzzle de mi vida.

Cuando nos mudamos allí, fue difícil no sentirme como una turista, fuera de lugar, ya que Hong Kong es diferente a todos los sitios que conocía. Todo es muy distinto: la comida, el paisaje, el idioma... Pero, en poco tiempo, comprendí que no era difícil enamorarme de aquella ciudad. Además, me brindaba la oportunidad de aprender sobre otras culturas, que es un estupendo modo de crecer.

Hong Kong es una ciudad que no duerme. Sales a la calle y a cualquier hora te encuentras sofocado entre la multitud, que va y viene a toda prisa de un sitio a otro.

Muchos saben que tiene un índice de población muy alto, pero no es tan conocido que a él se suma un elevado índice de pobreza. Muchas familias viven juntas en pisos minúsculos, y solo los ricos o los expatriados extranjeros disfrutan de magníficos apartamentos, casas o chalets. Los menos afortunados son, entre otros, los trabajadores de la construcción. Realizan su oficio sobre andamios, a gran altura y sin protección alguna, como si su vida no tuviera valor. Todos los empleados en prestar servicios trabajan a todas las horas del día, y no siempre en las mejores condiciones. Da la impresión de que sus viviendas pueden caerse en cualquier momento, pues están inclinadas sobre el suelo.

Los ciudadanos de Hong Kong, como los del resto de China y gran parte de Asia, no pueden permitirse el lujo de contar con un espacio personal, pues comparten sus viviendas con mucha gente. Pero de tanto invadir mi espacio personal, sin que me diera cuenta, también invadieron mi corazón.

Hong Kong es un lugar fascinante, una mezcla de culturas y de lenguas. El arte se encuentra por todos los rincones, así como los mercadillos populares, con mujeres filipinas y chinas vendiendo todo clase de productos, como bolsos hechos a mano, pulseras, bufandas… Además, todas las noches hay un espectáculo de luces en la calle, y los rascacielos brillan en el cielo oscuro, que se ilumina en colores.

Tendemos a pensar que nuestra forma de hacer las cosas es siempre la mejor: lo que comemos, cómo nos educan nuestros padres, cómo cuidamos a los mayores…, pero al aprender sobre otras culturas y ver otros estilos de vida, me di cuenta de que no hay una única forma correcta de hacer las cosas, sino varias, todas igual de válidas.

Si no nos hubiéramos mudado a Hong Kong, todo habría sido distinto. Ahora miro al mundo con mayor curiosidad e intento no juzgar.


 
 
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