11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Una sonrisa bajo tierra
Bárbara María Ruiz Lucini, 17 años
Colegio Senara (Madrid)

A Ilda le impactó, años atrás, el comentario de una de sus profesoras, que había llegado tarde a clase por culpa de una huelga de los trabajadores del metro. Comenzó la lección despotricando contra la convivencia en las grandes ciudades.

-En Madrid nadie se interesa por la persona que tiene a su lado. ¿Soléis utilizar el transporte público? –sin esperar la respuesta de sus alumnas, continuó su alegato-. Es como si todo el mundo tuviera prisa, sin tiempo para pensar en los demás, ni siquiera para mirarlos. Nadie dice <<buenos días>>, <<buenas tardes>>... ¿Nos habremos vuelto locos?

Desde entonces, cada vez que Ilda tomaba el transporte público junto a su madre, observaba con recelo a los pasajeros y creía descubrir caras largas y desinterés. Y si alguien conversaba con el pasajero de su lado o una pandilla se echaba a reír, consideraba que se trataba de la excepción que demuestra la regla.

Ilda creció. Le gustaba pasar desapercibida, pues era el modo der ser observadora sin ser observada, y le atraían las situaciones tan dispares que se daban en los vagones del metro. Qué distintas eran cada una de las personas que se aglomeraban en un espacio tan reducido. Viajar en transporte público era como asistir a una clase de psicología. Por eso le tomó gusto a ir sola, pues la compañía distraía su observación.

Le sobrecogían las caras largas de los viajeros, cada cual detrás de un libro, una revista o una pantalla. Se aislaban del mundo con unos auriculares. A nadie parecían importarle los demás. Había visto a mucha gente subir y bajar de los trenes a empujones, preocupándose solo de ellos mismos.

Un día iba sentada y escribiendo. A su lado tomó asiento un hombre que se interesó en saber si estaba estudiando.

-No. Me gusta escribir relatos –le confesó Ilda.

-¿Y vas a publicarlo?

-Tal vez, en una página web.

El hombre le preguntó en qué curso estaba y luego le habló de sus hijos, que tenían edades cercanas a la suya.

Al llegar a la parada de Ilda, aquel caballero le dijo que esperaba con impaciencia poder leer una novela suya. Y de despedida le regaló una sonrisa.

Por fin, después de tanto tiempo de ir y venir por la gran ciudad, había descubierto que es posible la simpatía entre desconocidos.


 
 
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