11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Pensamientos de un perro sorprendido
Carlota Martínez de León, 16 años
Colegio Zalima, Córdoba

Al echar la vista atrás, me doy cuenta de que los grandes momentos de mi vida han estado marcados por la sorpresa. Y no siempre en el buen sentido…

Mi primer recuerdo viene –fugazmente- con la forma de mi madre, su hocico suave y sus lametazos húmedos. Digo fugazmente porque mis hermanos y yo sólo estuvimos unos meses con ella. Apenas engordamos y aprendimos a caminar con torpeza, nos apartaron, bajo su mirada atónita y asustada.

Nos llevaron a un lugar en el que nos dieron unos pinchazos muy dolorosos. Después nos colocaron como reclamo en un escaparate. A través del cristal veíamos pasar a la gente. Algunos se detenían delante de nosotros y ponían un gesto tierno, pero la mayoría iba de un lado a otro, sin percatarse de que estábamos allí.

Un día de invierno una mujer se plantó frente al cristal más tiempo de lo habitual. Entró en la tienda, habló con el dependiente y me señaló́. Ante la sorpresa de mis hermanos, me tomaron por el lomo y acabé en los brazos de aquella señora, que comenzó a acariciarme con dulzura. Confieso que me acurruqué en sus mangas hasta quedarme dormido.

Me llevó al que sería mi nuevo hogar. Allí me escondió en una caja con el fondo mullido. Sé que puso la tapa y anudó un vistoso lazo.

Volví a quedarme dormido... A la mañana siguiente, me despertaron los pasos, risas y gritos de alegría de un niño. Cuando abrió la tapa, me topé con su cara de sorpresa.

Los primeros años de mi vida fueron, sin ninguna duda, los mejores. Ese niño se convirtió en mi amo, aún más, en mi mejor amigo. Pasábamos el día juntos. Jugaba conmigo a todas horas. Nos hicimos inseparables; incluso dormíamos en la misma cama, pese a las quejas de la mujer.

Me di cuenta demasiado tarde de que, igual que yo, él también crecía. Poco a poco se fue distanciando de mí: me paseaba de mala gana y apenas quería estar conmigo. Me había hecho demasiado grande y no cabía en su cama. Nadie en aquella casa me hacía caso, aunque yo permanecía fiel a toda la familia.

Nunca pude imaginar lo que vendría después, cuando llegó el verano. Nos íbamos de vacaciones a la playa. Yo esperaba en el maletero, como siempre, a que llegásemos a nuestro nuevo destino. Como aquel lugar era demasiado estrecho, salté feliz a la calle en cuanto paró el coche y se abrió el capó. Pero estaba en medio de la carretera. Me di la vuelta cuando oí arrancar el coche. Me asustó pensar que se habían olvidado de mí.

Corrí en la misma dirección por la que se había marchado el automóvil, hasta que me sangraron las almohadillas de la patas. Un coche me rozo a toda velocidad́, e hizo que aullara de dolor, pues me había causado una gran herida.

Me tumbé en la cuneta.

Había perdido toda la esperanza de volver a verlos cuando oí que se acercaba otro coche. No eran ellos. Sin embargo, noté unas manos amables que me alzaron del suelo y una voz que me susurraba con cariño.

Esta vez, el sorprendido era yo.

Ahora me estoy recuperando, empezando una nueva etapa en casa de mi nueva ama, que en apenas unos días me ha demostrado mucho más afecto que mi anterior familia. Me quiere tal y como soy, sin importarle que ya no sea un cachorro.


 
 
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