11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Mírale
Covadonga Gómez García, 16 años
SENARA

Nadie quiere morir joven. David tampoco lo quería.

La muerte pasó por nuestro lado, alzó la mano y nos saludó, salvo a David, pues a él le dio un beso en la frente. Un beso que, claro, le costó la vida.

Trazo estas líneas porque David influyó en mi vida. Sé que no fue ningún héroe, tal y como entendemos a los héroes modernos, pues no llamaba la atención. Se limitó a vivir con naturalidad.

Duele escribir que murió a los quince años. ¿Quién entiende una muerte tan temprana? Teníamos muchas cosas que compartir .Pero se ha ido sin decir adiós.

Yo tenía catorce años cuando me pidió ser su madrina de Confirmación. El corazón me vibró. Tal vez no era para tanto y fuera su última opción, pero no importó. Desde entonces nuestro trato se estrechó, porque me impulsó a preocuparme por los demás, me despertó de la indiferencia. ¿Se daría cuenta?

Me gustaba pasar las horas con mi hermano. Ayudarle a él me ayudaba a mí.

No mucha gente le entendía, incluso a mí me costaba a veces. Los más superficiales le calificaban como el “adolescente tonto”. Qué sabrían ellos.

Debajo de su piel cubierta de llagas se escondía una persona brillante. A mí me permitió descubrir ese brillo.

De pequeña aprendí que el alma de los cuerpos sin vida tiene varios destinos que se van forjando en la tierra. Yo sé en dónde está la de David.

Si yo fuera la muerte, David me habría cautivado. Su vitalidad, su fuerza, su belleza. Si yo fuera la muerte también le habría besado en la frente.

 
 
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