11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Siempre hay esperanza
Emma Roshan, 14 años
Colegio Iale (Valencia)

Rubén tropezó, cayó al suelo, se dio con la cabeza contra un muro y se mareó momentáneamente. Sin tiempo para recuperarse, sus agresores le propinaron una fuerte patada en las costillas, dejándole sin aliento. Rubén boqueó para conseguir aire y levantó la cabeza, decidido a pedirles que le dejaran en paz, pero el grupo de matones que había decidido meterse con él se alejaba entre risas.

Estaba malherido, con una brecha en la cabeza y un puñado de moratones por todo el cuerpo.

Rubén se levantó y echó a andar como si nada hubiera pasado, aunque le resultara imposible ignorarlo.

Su altura, su talla de ropa y su acné eran objeto de burla constante. Rubén no sabía qué hacer, ya que aquella pandilla abusaba de él continuamente. Aprovechaban para pegarle cuando lo encontraban solo en el instituto. El patio era bastante grande, había espacio de sobra para que sus palizas pasaran desapercibidas.

Le empujaban, le insultaban y le agredían. Rubén sentía demasiado miedo como para contárselo a sus familiares y profesores. Por otro lado, no tenía amigos, así que no había nadie que le pudiese defender en el instituto.

Un día en el que se sentía especialmente triste, acabadas las clases, se echó la mochila a la espalda y caminó con lentitud hacia su casa, que se encontraba a unas cinco manzanas del instituto. Aunque lloró, ningún viandante se percató de ello.

Cuando llegó a su casa, dejó la mochila en un rincón. Entró en su habitación y cerró la puerta sin hacer ruido. Se tumbó en la cama y dejó que las lágrimas fluyeran sin querer retenerlas.

Estaba harto de que le pegaran, de que le causaran dolor, de que se burlaran de él, de no poder dormir debido al miedo de encontrárselos en sus pesadillas, de no querer ir a clase... Aquellos chicos eran sus peores miedos, sus fobias más profundas. Cuando se los encontraba fuera del colegio, corría a esconderse en cualquier establecimiento. En el instituto no había ningún lugar seguro.

Mientras miraba el techo, lamentando lo desgraciado que era, escuchó el dulce trino de un pájaro. Se puso de rodillas sobre la colcha y miró por a través de la ventana.

Entonces una cara pálida, enmarcada por una mata de pelo oscuro, apareció entre las cortinas de una de las ventanas del edificio contiguo. Era una chica, que le estaba observando con una sonrisa.

Rubén la recordaba. Cuando se mudó al bloque de apartamentos, ella se había ofrecido a ayudarles a bajar algunas cosas del coche, y sus padres le habían regalado unas jarras de limonada a los suyos. No conocía su nombre, pero sabía que no tenía amigos (siempre iba sola) y que sus padres no disponían de mucho dinero. Eso sí, la chica siempre era amable con él cuando sus caminos se cruzaban.

Ella le saludó con un movimiento de mano. Por un momento, Rubén se sintió querido, especial.

Se dio cuenta de que, por mucho que creyese que su vida no podía ser peor, debía de esperar al momento justo para encajar en ella. Aquella sonrisa y aquel saludo le mostraron que siempre hay esperanza.

 
 
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