11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Combatir el miedo
Fátima Rebollo, 14 años
Tierrallana (Huelva)

Una maraña de insectos se cernía sobre ella.

Se agazapó en una esquina, pero de nada le sirvió: le fueron cercando con sus múltiples patas, con sus aguijones, con sus múltiples ojos que la miraban con malicia.

-¡No, por favor!- gritó Diana.

Pero aquellas criaturas de duros y brillantes caparazones no la entendían.

Todo se tornó blanco. Una luz cegadora llenó la habitación tras sus párpados fuertemente cerrados. Se percató entonces de que había sido otra pesadilla, algo que se estaba convirtiendo en habitual.

Abrió los ojos. Respiraba con pesadez y estaba empapada en sudor.

-No puedes seguir así -le dijo, luciendo una media sonrisa, el chico que había aparecido de improviso en su puerta. Su cabello era de color azabache y sus ojos poseían un matiz dorado.

-¿Y tú quién eres? –le preguntó Diana sin sobresalto, pues era evidente que seguía soñando.

-Soy tu miedo –le contestó. Aún sonreía, pero en sus ojos había desaparecido el brillo.

Diana lo contempló como si estuviera loco. Probablemente, así era.

-¿Y a qué debo el placer de tu visita?

-Ya te lo he dicho; no puedes seguir así.

-¿A qué te refieres? -. A Diana le comenzaba a inundar la curiosidad.

-A tus pesadillas, por supuesto. Debes impedir que te controlen.

Desde entonces, cada noche, el misterioso chico aparecía en sus sueños, hasta el extremo de que Diana terminó por creerle real.

Él iba enseñándole a controlar sus emociones, a manipular aquello a lo que temía, hasta hacer desaparecer sus miedos.

Pero no se percataba de que cada vez que hablaba con el muchacho, una parte del alma de éste desaparecía, al tiempo que desaparecía su terror.

En un tiempo, aquel chico no volvió.

Quizás nunca más tuviera pesadillas, pero había perdido a su mejor amigo. Diana no sabía qué le daba más miedo.

 
 
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