11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Hann
Fernando Montero, 14 años
Colegio El Prado (Madrid)

El cielo empezaba a cubrirse de nubes de un suave gris. Cuando así ocurría en el Norte, era anuncio de que se acercaba la primera nevada del invierno, una época especial para Hann.

Hann había nacido también durante un invierno. Por eso se sentía cómodo con el frío, los árboles desnudos y la nieve.

Cuando nevaba en las montañas del Norte, cambiaba el paisaje: dejaba de brillar el sol y las casas del poblado -todas de madera- se teñían de malva.

Hann se acostó. La paja de la que estaba hecho el colchón se salía por los remiendos y las mantas, de pelo de animal, caían hasta el suelo.

Al día siguiente, Hann se echó la capa sobre los hombros y montó a lomos de Taino, un percherón de patas anchas y peludas, y de cuerpo robusto. Su pinta era completamente negra, salvo en los belfos, las crines y la cola, que eran blancos.

Hann y Taino trotaron por el bosque, abriendo un carril en la nieve. El joven era consciente de que, desde hacía tiempo, se hablaba de unos jinetes encapuchados que se escondían en la arboleda y sobrevivían cazando con arcos, la misma arma que siempre portaba Hann.

La nieve crujía bajo los cascos de Taino y el viento silbaba entre las ramas. Al llegar el ocaso, Hann decidió que era hora de volver a casa. La única luz que iluminaba el camino de regreso era la de la luna.

El caballo avanzaba a duras penas.

Cuando entendió que Taino estaba exhausto, Hann se bajó de sus lomos para tirar de las riendas. Entonces escuchó los jadeos de unas cabalgaduras junto al estrépito de unas ramas rotas.

Asustado, cogió su arco. Todo se quedó en silencio. Avanzó hacia el lugar del que había provenido el sonido. Movió los ojos hacia todas partes. Su aliento se condensaba en nubecillas de vapor. Apartó una rama y salió a un claro. Inseguro, decidió subir a la copa de un árbol.

Todo parecía tranquilo hasta que vio moverse un arbusto, del que salieron tres figuras vestidas de negro. Se apretó contra el tronco y se limitó a observar. Parecía que conversaban mientras se dirigían al lugar donde Hann había dejado a Taino. Iban a darse cuenta de su presencia.

Tensó la cuerda del arco y apuntó.

A pesar de que Taino se resistía, quisieron llevárselo. Hann soltó la cuerda. La flecha cortó el aire hasta que se clavó en el hombro de uno de los jinetes, que cayó con las rodillas en tierra. Los demás se escondieron en la espesura y todo volvió a quedar en silencio.

Trepó un poco más para tener una mejor perspectiva. De pronto sintió un golpe brusco en el muslo y cayó, golpeándose con las ramas. Acabó hundido en la nieve. La flecha clavada en su muslo se había partido.

Escuchó las voces de los jinetes y los silbidos con los que llamaron a sus caballos. Hann empuñó su espada.

Apareció una sombra a todo galope. Era su padre, que le sostenía entre sus brazos mientras gritaba:

-¡Aguanta, Hann, aguanta!

Entonces dejó de ver y de oír.

Hann abrió los ojos. Estaba tumbado en su cama con la pierna vendada. Su madre le observaba desde una silla. Había vuelto a casa.

 
 
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