11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Dementia
Inés Casas, 15 años
Colegio Montealto (Madrid)

No le gustaba salir tarde del trabajo, pero es lo que tiene formar parte de la plantilla de una clínica psiquiátrica. A partir de las ocho, las horas se le pasaban muy lentas.

Decidió volver a su casa por un atajo, un camino claveteado de farolas que apenas daban un poco de luz a un descampado. Allí era raro encontrarse con nadie, mucho más a aquellas horas de la noche.

Llevaba ya la mitad del recorrido cuando, de pronto, oyó una voz. Se detuvo para agudizar el oído. Pronto descubrió su origen: una niña que se balanceaba bajo la luz de una farola mientras tarareaba una canción. Le invadió el desconcierto; esa niña debía de tener la edad de su hija, unos ocho años, y estaba sola, allí, en medio de la nada. Se acercó a ella.

-Hola, pequeña, ¿estás sola?

La niña no la escuchó y siguió canturreando.

Repitió la pregunta.

-¿Estás sola?

La niña giró bruscamente el rostro hacia ella. Tenía los ojos cubiertos por una venda manchada de regueros carmesí.

-¿Quieres jugar conmigo?

-Cómo… -dudó espantada.

-Préstame tus ojos –dijo con una sonrisa demente-. Me gustan; son muy bonitos. ¡Dámelos!

Se sacó un cuchillo de la manga de su vestido y saltó hacia ella, que se apartó y echó a correr.

-¡Solo quiero tus ojos! –la oyó sollozar en la distancia-. ¡Déjame tus ojos!

No se detuvo hasta llegar a su casa. Después de entrar, echó la llave antes de encerrarse en su cuarto. Temblando, intentó respirar hondo, pero otra respiración sustituyó la suya. Escuchó a sus espaldas una nana, cantada muy bajita, y una voz infantil que rayaba la locura.


 
 
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