11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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La vida sigue
Irene Cánovas, 16 años
Colegio Iale (Valencia)

No tendría que haberle dicho que sí a Enrique. Por muy pesado e insistente que se hubiera puesto, no tendría que haber accedido... Pero lo hice.

Salí de la cama a regañadientes y me dirigí al armario. Cogí un pantalón y una camiseta al azar. No me molesté en ver si estaban limpios y planchados, ni en si los colores desentonaban. Los puse encima de la cama. Como peinado, una simple coleta. Me miré al espejo y vi un fantasma: mis mejillas estaban pálidas, el pelo parecía una planta rodadora del desierto, tenía ojeras y mis ojos estaban rojos y brillantes de tanto llorar. Estaba hecha un adefesio.

Al verme en ese estado, pensé que lo mejor era quedarme en casa. Tenía el corazón hecho trizas y no quería que nadie me viera de esa guisa, especialmente Enrique.

Pensé en todos los momentos de felicidad que tuve con Héctor. Cada beso, cada caricia, cada palabra de amor. Mis amigas decían que no entendían por qué salía con él, que <<yo merecía mucho más>>. Lo cierto es que debería de haberme dado cuenta antes, haberme fijado en esos pequeños detalles: él nunca me decía que me quería; si yo deseaba ver una película, él prefería ir al fútbol. Héctor no respetaba mis aficiones. Siempre ganaba su egoísmo, su vanidad… miserias a las que no les das importancia cuando estás enamorada como yo lo estuve. Las lágrimas volvían cada vez que me daba cuenta de cómo había perdido el tiempo. Y mi corazón se encogía al recordar sus últimas palabras: <<Nunca quise hacerte daño, pero no podemos seguir>>. Aquella frase cobarde sólo empeoraba mi situación.

Sonó el timbre, interrumpiendo mis pensamientos. Pensé que sería alguien que se había equivocado y decidí ignorarlo. No estaba de humor. Al poco volvieron a llamar, esta vez más insistentemente. Dándome por vencida, acudí a la puerta y me encontré a Enrique. ¡Vaya cambio! No era el amigo que conocí hacía unos años. Estaba más mayor y mucho más guapo. Su estancia como profesor en una universidad de Estados Unidos le había sentado pero que muy bien.

-¿Qué haces aquí? –le pregunté, sorprendida por su aparición y el cambio de aspecto.

-Tenía dudas de que vinieras a nuestra cita, así que me he tomado la libertad de pasar a recogerte.

-Pensaba ir a la cafetería –le mentí.

-¿Seguro?... ¿Y por qué no estás aún preparada?

Gruñí ante mi falta de sensatez. Menuda impresión se había tenido que llevar…

-Venga, cámbiate de ropa que nos vamos. Tengo mucho que contarte.

-Mira Enrique… -era mi oportunidad para deshacerme de él-, sé que acabas de volver a la ciudad y que no conoces a nadie, pero no me encuentro bien.

-Pues no me voy a mover de aquí hasta que me acompañes a tomar un café. Y da gracias que no te llevo a rastras tal y como vas vestida -dijo con voz rotunda, sin margen para negociar.

-No te vas a rendir –dibujé media sonrisa en los labios

-No.

-De acuerdo –me hubiera gustado cerrarle la puerta en las narices pero sabía que no se movería de ahí.

Enrique había cambiado físicamente, pero no su carácter, igual de testarudo que antes de irse.

Me di una ducha rápida, me puse los pantalones y la camiseta que había dejado encima de la cama. Me mire al espejo y me sorprendí al ver que aquel conjunto me favorecía. Un poco de rimel, un poco de brillo en los labios y unas gotas de perfume y… lista. Cogí el bolso, dispuesta a salir a la calle con Enrique.

Me dirigí al salón. Él estaba de espaldas, pero al oír mis pasos se dio la vuelta y me dedicó un gesto de aprobación.

En la cafetería hablamos de todo y de nada. Poco a poco, consiguió sacarme una sonrisa tras otra. Estar aquella tarde con él fue lo mejor que me podía haber pasado. Y así, sin darme cuenta, volvimos a quedar el fin de semana para ir al cine, a ver una película de las que a mí me gustan, que él tan bien recordaba.

Pensé que encerrarme en mi misma era lo mejor. Si alguien me hubiera preguntado el día anterior, le habría dicho que no pensaba ver a Enrique, que preferiría seguir lamentándome de mi suerte.

Ahora este corazón roto está deseando que llegue la primavera.


 
 
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