11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Billete de ida y vuelta
Katia Ortueta, 16 años
Colegio Ayalde (Bilbao)

Los viajeros subieron al tren, algunos con ilusión, pero a él no le acompañó aquel sentimiento, pues había perdido a su mujer y a su hija en un accidente de coche.

Se sentó en su plaza y cerró los ojos, a la espera de que el traqueteo le ayudara a quedarse dormido.

Cuando abrió de nuevo los ojos, una mujer lo miraba desde el asiento de enfrente.

-¿Un viaje difícil?

-¿Cómo? –no había entendido aquella pregunta a bocajarro.

-Que da la impresión de que este viaje no es fácil para usted.

-No, no… – mintió, confuso.

La mujer enarcó las cejas y Lucas puso los ojos en blanco. ¿Qué le importaba su vida a aquella desconocida? No tenía derecho a preguntarle nada. Además, mucha gente cogía el tren a esas horas para ir al trabajo… ¿qué le había indicado que él no era uno más? En seguida lo comprendió; se le había olvidado guardar la pequeña maleta de mano en la parte inferior del asiento, y permanecía tirada a sus pies como un trasto sin valor, con un billete de avión sobresaliendo de un bolsillo lateral. Maldijo por lo bajo: el equipaje lo había delatado.

-¿Debo entender que está usted cansado? –preguntó la extraña con una mirada inquisitiva.

Lucas se lo pensó un rato antes de responder con una afirmación que, muy a su pesar, no resultó convincente. Ella asintió y se presentó como Laura Salazar.

-No sé a usted, pero a mí el cansancio no me hace llorar.

Lo había dicho con toda la naturalidad del mundo, pero a Lucas le pareció notar un deje acusador en su voz. Se llevó una mano a la mejilla y la notó húmeda. Había llorado sin darse cuenta. Le ofreció a Laura una disculpa con la mirada, pero la mujer no hizo comentarios sobre aquel gesto sino que le dio un nuevo consejo:

-Quizás, si habla con alguien de eso que tanto le hiere, se sienta mejor.

El hombre no supo reaccionar a aquella propuesta. ¿Se estaba ofreciendo a hablar con él sobre el trágico accidente?

-¿Está usted segura?

Como respuesta, Laura se acomodó en el asiento junto a él. Lucas suspiró y, tragando saliva para despejar el nudo de su garganta, le dijo:

-Señora Salazar, ¿ha perdido a algún ser querido en la carretera?

-Sí, aunque fue hace muchos años. Era un compañero de trabajo. ¿A quién ha perdido usted, señor…?

-Martínez. Lucas Martínez –le regaló media sonrisa-. He perdido a mi familia: a mi mujer y a nuestra única hija.

-Y pretende alejarse del lugar donde sucedió -enunció.

-Sí –le concedió Lucas, más relajado al ver la expresión comprensiva de Laura.

-No lo haga o jamás logrará enfrentarse a su pérdida. Regrese usted a su casa, deshaga las maletas y reanude su vida en donde la dejó. No puede permitir que situaciones así le venzan. Alce la cabeza, mire al frente, plante cara a la vida y continúe. La muerte de su mujer y de su hija no deberían convertirse en un billete de ida, sin vuelta, a lo más profundo de la tristeza.

Lucas estaba atónito. ¿De dónde había salido aquella mujer? ¿Era su destino encontrarse con ella? No le importó, pues tenía razón. Si se dejaba llevar por aquella situación… Todavía era joven y tenía mucho que hacer y, por qué no, mucho que disfrutar.

-Le agradezco su ayuda, señora Salazar, de verdad –se puso en pie-. Tengo prisa.

Tomó su equipaje y se bajó del tren en la siguiente parada. Estaba a apenas diez minutos de la ciudad. Se volvió y miró a la mujer, que le observaba asomada desde la ventanilla.

-Gracias.

-Recuerda, Lucas, que las lágrimas pueden ser el billete de las sonrisas.

Se quedó atónito. Aquella frase solía decirla su esposa. Fue a preguntarle cómo lo sabía, pero las puertas del vagón se cerraron y el tren comenzó a avanzar por la vía.

 
 
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