11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Como en los bosques de Sherwood
Laura Leonelli, 14 años
Colegio Canigó (Barcelona)

Otro disparo. A Juan le estallaron los tímpanos; no cesaba un agudo pitido en su oído izquierdo. Se llevó la mano a la oreja y advirtió algo caliente y espeso: sangre. Se asustó. No sabía de dónde provenían los disparos.

Juan había visto muchas veces en las películas el funcionamiento de las armas de fuego, pero nunca una de verdad, de las que se utilizan en las guerras, las que dan auténtico miedo, las que con una escueta presión en el gatillo pueden quitarle la vida a una persona.

Con un acto instintivo, se cubrió la cabeza con las manos mientras se arrastraba por la carretera.

Consiguió alcanzar el coche detrás del que se había escondido su hermana menor.

-¡Juan, nos tienen rodeados! –le dijo Ana temblando.

-¿No hay escapatoria? –Juan miró a los lados.

Abrazó a su hermana y cerró los ojos deseando que todo terminase.

Cuando los abrió, estaba tendido en el suelo y continuaba abrazando a su hermana, pero algo no iba bien. La oreja ya no le sangraba; nunca lo había hecho. Tampoco nadie había disparado en ningún momento. Pero le dolían todos y cada uno de sus huesos.

Era de noche, pero podía distinguir a su hermana con una gran hinchazón en el labio. Ana hipaba bajo sus brazos y susurraba:

-¿Ya se han ido, Juan?

-Tranquila. Son como Robin Hood: roban a los ricos para dárselo a los pobres.

-Entonces, ¿por qué a nosotros? ¡Somos pobres!

Juan prefirió esconderle que en la ciudad, cuando daban el toque de queda, la vida ya no era un juego ni una película de arqueros.


 
 
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