11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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El invento
Lucía Ranera, 16 años
Colegio Grazalema (El Puerto de Santamaría)

Cuando cayó al agua, un escalofrío le subió por la columna hasta paralizarle los brazos; no podía moverlos.

Intentó recordar por qué se encontraba sumergida, pero lo único que consiguió fue asustarse todavía más.

Iba a caer rendida cuando notó que algo le agarraba de las piernas y tiraba de ella hacia la superficie.

-¡Venid, rápido! Está abriendo los ojos.

Sintió la luz del día que le rozaba la cara. ¡Cuánto hacía que no experimentaba algo así!… Las últimas tres semanas las había pasado encerrada en su laboratorio.

Cuando se le aclaró la vista, distinguió a tres personas junto a su cama. No las conocía. La primera -un muchacho- fue quien habló:

-¿Qué tal se encuentra, señorita? Ha dormido mucho.

Este se giró hacia la chica que tenía a su lado y le susurró algo que ella no logró escuchar. La muchacha se dirigió a una mesilla y cogió un cuenco. Al acercárselo, pudo ver que contenía un ungüento cobrizo.

-Tómeselo. Es un mejunje casero que le dará energías.

Esta vez había hablado el tercero, un chico alto y musculoso. Sus facciones estaban marcadas de tal forma que parecía mayor. Su mirada no le dio mucha confianza, pues le hizo sentirse intimidada.

-Antes tenéis que responder a mis preguntas. ¿Quiénes sois y qué hago aquí? ¿Qué me ha ocurrido?

-Perdónenos; somos unos groseros. Yo soy Augusto –dijo el primero. Después señaló a la del ungüento y al último que había hablado -. Ellos son Amber y Tomás.

Tomás era más bajo que Augusto, pero su seguridad le daba un aire varonil. Bajo las miradas de aquellos tres extraños, salió de su ensimismamiento y se presentó:

-Yo me llamo Clara Fairkind.

Deseaba averiguar dónde estaba y qué le había ocurrido. Amber cogió una silla y se sentó junto a la cabecera de su cama, dispuesta a explicarle todo lo que sabía. Antes le hizo un gesto, dándole a entender que las noticias que iba a ofrecerle no eran muy buenas.

-Somos agentes de seguridad especial.

-¿Cómo?

-Es normal que se encuentre confusa, señorita…Fairkind -prosiguió.

-Disculpe, ¿he oído seguridad especial?

-Así es. Nuestro deber, a partir de ahora, es protegerla.

-¿De qué?... ¿De quién?...

-No lo sabemos, porque desconocemos qué le ha sucedido. Pero es cuestión de tiempo. De lo que sí estamos seguros es de que la han atacado y le han robado su experimento -se detuvo, pues esperaba una reacción por parte de la víctima, que se quedó pensativa.

Clara comenzaba a comprender: su experimento, que pronto revolucionaría el mundo entero, había desaparecido.

-¿Recuerda algo antes de desvanecerse?

-Sí –se incorporó en la cama-. Me dirigía a la oficina de mi jefe para entregarle el experimento.

-No nos conviene que caiga en malas manos, señorita.

-¿Por qué? A fin de cuentas, ¿qué importancia tienen unas galletas de chocolate que no engordan?

De haber tenido una cámara de fotos, a Clara Fairkind le habría gustado hacerles una foto. Parecía que despertaban de una pesadilla.

Fue Amber la que habló:

-Pero… ¿no es una fórmula nuclear?

-Creo que os equivocáis de persona. Trabajo para una empresa de productos alimenticios. Ahora, si me disculpan…

Se levantó de la cama. La medicina casera había hecho efecto: no sentía dolor alguno. Sin decir palabra, se dirigió a la puerta. Los tres agentes la miraban incrédulos; no entendían por qué se habían confundido de persona.

Cuando salió y cerró la puerta, corrió hacia su casa como si la persiguieran. Tenía sus razones, pues debía inspeccionar si el verdadero invento seguía en su sitio.

Tras cruzar varios pasos de cebra y callejear durante unos minutos, entró en su casa y se dirigió a su despacho. Todo estaba en orden; no había nada fuera de su lugar. Se apresuró a abrir una caja fuerte escondida detrás del retrato de su familia. La fórmula seguía allí.

 
 
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