11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Perseguidos
María Castellar, 17 años
Colegio Grazalema (El Puerto de Santamaría)

Tras varios días de huida instalamos el campamento cerca de un pozo, ya que el calor azotaba la zona y apenas teníamos agua. Al caer la noche me metí en la tienda, preparé mis enseres por si se daba el caso de tener que escapar y me dormí.

Me despertó el sonido de un tiroteo. Asomé la cabeza por la lona, pero como era de noche no pude ver nada. Una mano me cogió de la camiseta y me tumbó en el suelo. Era mi padre. Con un gesto me tapó la boca para que no hiciera ruido; entendí que estábamos en peligro.

Me asomé por el la parte trasera de la tienda y pude ver a unos encapuchados que se llevaban a mi madre. Rápidamente mi padre, que se encontraba a mi lado, fue a salvarla, pero una bala le alcanzó en el pecho. Sin poder remediarlo solté un grito, delatando la posición en la que me encontraba. Se acercaron. Me resistí entre lágrimas pero me ataron las manos y me amordazaron.

Nos metieron en un camión junto con otros niños y sus madres. Desde la barcaza me despedí de aquel lugar que no volví a ver jamás, en el que se quedó el cuerpo sin vida de mi padre.

Pasadas unas horas llegó el amanecer. Me quedé sumergida en aquella variedad de colores hasta que un movimiento brusco me hizo volver a la realidad.

El camión se detuvo. Sentía miedo, pues había escuchado hablar de los horrores de aquel lugar, la base de los guerrilleros, sin imaginarme que un día lo viviría en mis propias carnes. Bajamos como pudimos, ya que seguíamos maniatados. Formamos en filas frente al barracón que hacía de base de aquel escuadrón del ISIS, que significa Estado Islámico.

Algunos se resistieron a entrar; sin miramientos, los mataron. Aquella escena se me hizo familiar, a pesar de que con mis diez no debería conocerse la barbarie. Mi infancia comenzaba a desvanecerse como una gota en el océano.

 
 
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