11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Comida en puerto
María Jover
Colegio Canigó (Barcelona)

Aquella mañana hizo más frío del habitual. Sabíamos que Luis surcaba el Mediterráneo de camino a Barcelona. Había zarpado de Ampuria Brava con cinco tripulantes. Sus familias les aguardaban para comer en el puerto.

La travesía iba según lo previsto, pero a la altura de Tosa el panel de mando les informó de una avería en el casco. Sin darle mucha importancia, Luis realizó un rápido análisis de la situación. Para entonces, el interior del barco tenía tres dedos de agua, que ascendía lentamente. El barco se estaba hundiendo.

Luis subió como una exhalación a cubierta. Dio aviso por radio del accidente. La respuesta que le dieron desde el puerto fue poco esperanzadora: no disponían de ningún equipo de rescate que pudiera llegar a tiempo. Le ordenaron buscar los salvavidas y permanecer todo el tiempo posible en el interior de la nave.

Aturdido por el mensaje, les comunicó a sus compañeros lo que sucedía e iniciaron la búsqueda de los chalecos salvavidas. El agua les llegaba por las rodillas.

Solamente había cinco chalecos para los seis. Luís decidió que él no lo llevaría. Argumentó que él estaba a cargo del barco y era quien tenía más experiencia en el mar. Sus amigos dieron su brazo a torcer con una condición: se irían turnando los chalecos para mantenerlo a flote.

El agua ya les cubría la cintura.

Salieron a cubierta y esperaron a que se hundiese el barco. Entonces llegó el momento de saltar. Vieron entre el oleaje cómo el buque se perdía en las grisáceas aguas, dejando un rastro de burbujas.

Durante los primeros minutos nadaron todos juntos, siempre hacia la costa. Aun con la ayuda de sus amigos, Luís comenzó a perder las fuerzas. Estaba a punto de desistir cuando un compañero divisó, a no más de una milla de distancia, una vela. En los rostros de los marineros, desfigurados por el frío, se asomó un guiño de esperanza.

Nadaron con todas sus fuerzas. Sin embargo, Luis se fue quedando cada vez más rezagado. Quisieron sus compañeros aminorar la marcha, pero él les dijo que no se preocupasen, que no tardaría en alcanzarles.

Una hora más tarde, tres de los compañeros estaban en el barco. De Luis y los otros dos no había rastro.

La comida en puerto nunca se celebró.

 
 
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