11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Vivir sin vivir
Mª Amparo García-Vilanova, 16 años
Colegio Vilavella (Valencia)

El señor Rubio era un ser humano que creía ser un extraterrestre.

Contaba con dos pies, dos manos y veinte dedos, además de extremidades y tronco. También disponía de una cabeza coronada de pelo, aunque la abundancia del mismo hubiese disminuido durante los últimos meses. Su tez era de color humano y su rostro era bastante corriente. Tanto que, incluso, pasaba desapercibido, como si nunca hubiese cruzado la calle, acudido a una cita médica o asistido a un espectáculo.

El señor Rubio contaba con entendimiento –llámesele inteligencia, si se prefiere-, un tanto más elevado que el de la población de su país.

Pero el señor Rubio creía ser un extraterrestre.

Creía en la belleza del mundo y en la capacidad del humano, simplemente por serlo, de percibirla, apreciarla y generarla. Para él esa belleza no reducía el arte a la armonía de juntar unas palabras, a la composición de un cuadro o a la magia de las notas musicales, sino que todo aquello que se realiza con pasión lo convertía en belleza.

El señor Rubio alzó las comisuras de sus labios durante unos momentos, pero no tardó en devolverlas a su posición habitual. Aquel pequeño arrebato de inspiración se había marchado como un fugitivo temeroso, perdido en sí mismo. Intentó recuperarla en lo más profundo de su ser. Escarbó en todos los escondrijos posibles: los recuerdos felices y los momentos tristes.

No podía comprenderlo.

El débil pensamiento que, por un instante, le había pasado inadvertido, de repente ocupó el lugar principal de su mente.

No podía. No sabía. Nunca, nunca, nunca…

El señor Rubio creía que jamás sería capaz de sacar el Arte de su interior. Había comprobado cómo su presencia resultaba indiferente a los demás. Cómo lo único que él dejaba era el vacío. Tan sólo podría transmitirlo aquel que por dentro no fuera más que un simple saco de huesos. Estaba preocupado el señor Rubio: se consideraba un ser desalmado.

Pudo maldecir y maldijo toda su niñez, que no había elegido y, no obstante, había marcado sus miedos presentes, la sensación de impotencia que le invadía en aquellas ocasiones que le llevaban a la amargura. No diría que no le dejaba dormir o conciliar el sueño.

No.

No le permitía vivir.

Decidió escribir aquello que sentía, para evidenciar que sus palabras jamás iban a vibrar ni formarían arpegios y escalas. O para resultar como la más sencilla de las melodías, esa que pone los pelos de punta nada más empieza a sonar.

 
 
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