11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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¿A dónde va este tren?
Miguel Herrero, 12 años
Colegio Mulhacén (Granada)

El bufido del tren –una fumarola de vapor entre las ruedas y los engranajes- le hizo salir de casa. Pestañeó unas cuantas veces porque no comprendía nada. Plantada ante su puerta había una locomotora antigua seguida por tres vagones.

-¿Estaré soñando? –se preguntó.

Aquel hombre conocía bien el lugar. No en vano, se trataba de su vivienda, en la que llevaba muchos años, y por allí nunca había pasado un tren. Es más, ni siquiera existía un trazado de vías. Sin embargo, en ese momento contemplaba que los raíles avanzaban hacia el horizonte, hasta más allá de donde alcanzaban sus ojos.

Entró en el último de los vagones y vio cosas muy extrañas, como un espejo donde se reflejaban personas que lo saludaban, un tablero de ajedrez en el que las fichas de movían solas. Anduvo hasta otro vagón, que era una biblioteca sobre ruedas. En el coche cercano a la locomotor había muchos juegos.

El conductor de la locomotora era un hombre de mediana estatura con pelo negro, con el mono azul lleno de grasa. De un cinturón le colgaban muchas llaves inglesas.

-Perdone… -le saludó confundido- ¿de dónde viene este tren? ¿Y a dónde va?

El maquinista le sonrió y se volvió hacía la caldera para meterle una palada de carbón.

-¿A dónde va este tren? –insistió, alzando la voz.

-Vuelva a su vagón y siéntese –le dijo por toda respuesta.

El hombre volvió sobre sus pasos al vagón de los objetos extraños y tomó asiento. El tren había arrancado.

En la primera estación subieron dos personas. Una de ellas era un hombre pelirrojo, vestido con una cazadora y unos vaqueros. La otra era una mujer de pelo castaño.

El hombre les preguntó:

-¿Quiénes sois?

La mujer miró a su acompañante y contestó:

-Sólo sé que estaba enferma y vi pasar un tren que se paró a mi lado.

-Yo tampoco sé quién soy –se sinceró el hombre-. Estaba conduciendo mi coche cuando caí por un barranco. Al salir de aquel amasijo de hierros, vi pasar un tren que se paró a mi lado. Y ahora estoy aquí.

El hombre, sorprendido por aquellas breves historias, corrió hacía la locomotora. Pero antes de llegar, vio por una ventanilla que había muchas luces prendidas en la noche que se alejaban por debajo del tren. Y, de pronto, una bandada de pájaros pasó frente a sus ojos: el tren estaba surcando el cielo.

Aterrado, llegó hasta el maquinista.

-Pero, ¿qué está ocurriendo? No me diga que la locomotora puede volar.

-Insisto, vuelva a su asiento. Y no se preocupe; llegaremos en pocos minutos.

-¿A dónde llegaremos?

-A un lugar magnifico, se lo aseguro. A otra dimensión, en donde no existen las preocupaciones ni la tristeza, en donde todo el mundo es feliz.

Un poco más tranquilo, volvió a preguntar:

-¿Y por qué voy yo allí?

El maquinista sonriendo, le contestó:

-Porque ha subido al tren. Mire, ya estamos llegando… Por favor, se lo vuelvo a repetir: regrese a su asiento.

Una vez en el vagón, vio por la ventanilla otro tren en dirección contraria, desde el cielo hacia la tierra. Creyó descubrir en su interior un grupo de recién nacidos: algunos dormían y otros viajaban entre llantos.

Al fin, la locomotora se detuvo. Bajaron los tres pasajeros y se dirigieron hacia una intensa luz. En ese mismo instante, el hombre dejó de tener miedo. Le rodeaba una sensación de calor y confort.

Los tres se miraron y sonrieron. Habían comprendido que no iban a volver nunca al lugar del que procedían, pero no les importaba. Aquella luz que les envolvía les hacía sentirse dichosos.

Caminaron y caminaron.

De pronto se dio cuenta de que estaba solo. El hombre pelirrojo y la mujer no estaban a su lado: cada uno había tomado un camino distinto.

Alzó la mirada y una figura apareció ante sus ojos. La reconoció a medida que se le iba acercando con los brazos abiertos. El hombre se emocionó, pues le había venido a la cabeza una mujer que desde hacía mucho tiempo no había vuelto a ver.

Se abrazaron y la luz los envolvió. La mujer le besó en la mejilla y le dijo:

-Hola, mi niño.

-Te quiero, mamá.

 
 
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