11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Un Gorba
Miguel Ángel Caro, 15 años
Colegio Mulhacén (Granada)

Cuatro personas, tan sólo cuatro personas desde el principio de los Tiempos, han visto un Gorba. Sólo ellos han contemplado su poder, que únicamente algunos elegidos pueden controlar.

El primero fue un romano, Claudio Meridiano. Se dice que un día en el que paseaba por las orillas del río Tíber, filosofando sobre el sentido de la vida, se topó con un Gorba. Tal fue su admiración al verlo que, sin pensárselo dos veces, lo cogió y, envuelto en su toga de seda, se lo llevó precipitadamente a su villa, en donde le construyó un altar de oro macizo.

Nada se sabe acerca de qué fue de Claudio ni de su Gorba, pero cuenta la leyenda que su obsesión con el misterioso objeto (si es que se le puede llamar así) llegó a enloquecerle.

El siguiente era un campesino. Su nombre, Måsquaret. Trabajaba para el faraón Tutankamón en los campos de trigo, a las afueras de Alejandría. Måsquaret era un hombre ya mayor y desgastado, soltero, despreocupado pero feliz. Un día, tras finalizar la dura jornada de recolección, se encontró entre la maleza un Gorba. Tanto le llamó la atención que lo hizo suyo. Según cuentan, todas las mañanas recorría las calles de la ciudad presumiendo de tesoro tan maravilloso.

Los rumores llegaron hasta los mismísimos oídos del faraón, que celoso envió a su guardia para quitarle al campesino el valiosísimo objeto. Sin dificultad alguna, ejecutaron al anciano y se apropiaron del Gorba. Los propios sacerdotes del rey contaron que aquella “cosa” influyó de manera definitiva en Tutankamón, perturbándole y provocándole la muerte.

Por último, llegamos al personaje final. Se llamaba Antonio de la Rocha, un honrado panadero felizmente casado y con dos hijos, que nació y vivió en la villa de Burgos en el siglo XV. Una noche, Antonio avanzaba por la plaza de la Cantimplora cuando, al cruzarse junto a un mendigo, cayó en la cuenta de que un extraño cuerpo refulgía bajo la manta con la que se cubría el pordiosero.

Dejándose llevar por la tentación, se hizo con el resplandeciente Gorba, que comenzó a susurrarle grandes secretos. Eran tretas para que pudiera convertirse en marqués, en rey incluso. Pero el panadero reflexionó: Antonio de la Rocha, un hombre honrado que trabajaba de sol a sol para servir a su familia, no iba a dejarse influenciar por un objeto extraño cuya naturaleza desconocía. Ni siquiera sabía si lo que le prometía el Gorba era posible.

Antonio introdujo su mano en el bolsillo para extraer al Gorba. Pero notó al tacto algo muy diferente: era una bolsa de monedas de oro.

Silenciosamente, en medio de la oscuridad, regresó a la plaza de la Cantimplora, y con una sonrisa depositó el saco de monedas bajo la manta del mendigo.

 
 
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