11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Detrás de barreras intangibles
Miriam Medrán, 15 años
Colegio Tierrallana (Huelva)

Guardaba sus pensamientos bajo llave como si de joyas se tratase, ocultos en lo más profundo de su ser.

A veces, se le acumulaban tantos que los imprimía en papel. A veces, quien pensaba era un hombre; otras, una mujer. De vez en cuando eran un príncipe, un médico o el comandante de una nave espacial.

Sus pensamientos eran historias ficticias para cualquiera que se aventurase a leerlas. Para él, esas historias componían una ínfima parte de los sucesos que ocurrían en su mente. Si las uniera, serían como un atlas de su imaginación, cuyos mapas estaban cuidadosamente trazados.

Disfrutaba al dar vida a los protagonistas de cada narración, poder moldearlos, presenciar su nacimiento y verles crecer junto a sus inseparables compañeros.

Sin embargo, un mundo tan grande requería un mantenimiento constante y fatigoso. Por eso, mientras la realidad seguía avanzando de manera caótica, él permanecía al margen del mundo, en el país de sus ocurrencias.

Detestaba que el mundo exterior interrumpiese constantemente la calma que con tanto esfuerzo había creado. Y sabía que el aislamiento no era la única razón que lo impulsaba a refugiarse en lo más recóndito de su imaginación.

Temía que algún día fuera incapaz de continuar ocultándose en lo que no existe, hasta que una mañana salió a pasear por las calles de su ciudad. No lo admitiría nunca, pero a veces necesitaba alimentar su imaginación con las sensaciones del mundo real. Una en particular era la urbe: gigantes de cristal y roca, calles asfaltadas que ocultaban la vida subterránea, la tan extensa población… Buscaba a alguien que se cruzase con él para levantar un nuevo universo.

Se sentó en un banco con un cuaderno bajo el brazo. Acababa de hallar a un viandante que le llamó la atención. Aquel sujeto vestía un chaquetón oscuro y ancho y parecía esconderse de la humanidad.

Aquel aire de misterio podría prestarse a ser el génesis de muchos relatos. Aún no había indagado en el arte de las novelas detectivescas, y aquel tipo era el incentivo perfecto para empezar.

Sintió que alguien le tocaba el hombro. Era una niña.

-¿Qué te ocurre? –le preguntó, molesto.

La niña, sin embargo, continuó observándolo con unos ojos abiertos que no comunicaban nada.

-¿Por qué se esconde? –le cuestionó sin emoción.

-¿Cómo dices…?

-Todas las semanas viene aquí para observar a los que pasan. Sin embargo, usted no hace nada: ni viaja, ni ríe, ni llora. Jamás le he visto en compañía y siempre lleva ese cuaderno. A veces, ni siquiera escribe en él.

El hombre guardó silencio. Estaba sorprendido por aquellas palabras. Nadie le había cuestionado nunca lo que hacía, ni se había atrevido a destapar con preguntas su mundo interior. Era igual que aquella persona a la que acababa de señalar, que utilizaba su abrigo como barrera con la que protegerse de la realidad, de evadirse de sus problemas.

Con las palabras de la niña, se había dado cuenta de que él también lo hacía.

Fue a mirarla, pero ya no estaba. Probablemente no había estado ahí en ningún momento, igual que todo lo que llegaba a imaginarse.

Se levantó del banco, sin molestarse en coger su cuaderno vacío.

El pilar de su existencia acababa de derrumbarse. Ahora le tocaría reconstruirlo pieza por pieza.


 
 
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