11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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El último viaje
Pablo Fuentes, 18 años
Colegio Liceo del Valle (Guadalajara, México)

Durante años me desagradó realizar una labor social continua. Me molestaba que mi Instituto tendiera su brazo a un campo ajeno a lo académico, como si las tareas de cada asignatura no fuesen suficiente invasión a mi tiempo libre.

Ese año me asignaron las visitas de los miércoles a los ancianos de un asilo, coincidiendo con mis clases de pintura.

El primer día nos pidieron que charláramos con los residentes. Llamó mi atención una anciana que estaba sola, calladita y encorvada, de espaldas a una ventana por la que entraban los rayos del sol. No pensé que fuera a escucharme. Sin embargo, cuando le hablé se volvió con parsimonia y sonrió.

-Hola, muchacho —me dijo con voz baja, separando apenas los labios.

Le pregunté que de dónde era oriunda.

-De Atemajac de Brizuela -me dijo -. Allí tengo muchos hermanos.

Alzó las manos y fue abriendo los dedos según los nombraba. Repitió muchos nombres. Confundida, me preguntó:

-¿Lo dije bien?

Sombríos por una pátina, no logré adivinar el color que habían tenido sus ojos.

Le respondí que sí.

Me agradó aquella señora, al punto de dejarme la inquietud de volver a verla. Yo no conocí a mis abuelas; quizá ella tomó, en mi interior, su lugar.

Semana a semana la fui conociendo mejor. Fallaba su memoria, fallaba ella toda, pero me decía siempre que estaba mejor que nunca.

Un día me reveló su deseo de ir a Atemajac para despedirse de los suyos. Le pasé el recado a la señorita encargada de la residencia.

-Está muy delicada –me advirtió-. Si hace un viaje, puede complicarse su enfermedad.

La anciana me siguió insistiendo. Pensé que lo olvidaría, pero cada semana me lo pedía con mayor empeño. Sabía que se lo merecía y que yo no me perdonaría el negarle una última visita a su tierra.

-Señora –le susurré la quinta semana-, cálmese que la llevo.

Enseguida cambió su semblante por uno decidido. Que más me valía, que un hombre no se raja… Y me recordó que yo era un hombre.

No había hablado con mis padres de aquello, y cuando lo hice acabó la cosa en altas palabras y fuertes voces.

Pasados varios días divisé la oportunidad: mis padres iban a tener una cena el sábado. Por eso, el miércoles de esa semana le advertí a la anciana que pasaría a por ella a las ocho la noche del día de nuestra Señora. Le pedí que me esperara donde siempre, con la ventana a sus espaldas.

Prendí las luces de la camioneta de mi madre a medio camino; por los nervios había olvidado hacerlo antes. Sudaba con profusión a pesar del frío. Tal vez no pasara nada grave (una plática de mis padres mientras la abuela volvía al asilo, desorientada). Podía ser, incluso, que ella hubiera olvidado todo y no me la encontrara despierta.

Apagué el motor frente a la residencia y me bajé del auto, cauteloso. Ella esperaba en el zaguán, de pie, solemne. La ayudé a subir al coche.

Las ventanillas iban abiertas y el viento le azotaba en el rostro, pero parecía disfrutarlo. Se revolvían sus cortos cabellos, pero sus delgados labios dibujaban una sonrisa. El conjunto resultaba conmovedor.

Aunque llegamos a Atemajac tarde en la noche -pues me perdí varias veces-, aún las calles estaban transitadas. Y la anciana despierta. Bajamos. Ella volvía la cabeza, despacio, en un tranquilo intento de verlo todo. Finalmente posó su mirada en mí. Era una mirada de satisfacción.

-Hijo —me dijo-, ¿por qué me has traído aquí?

Le expliqué, pero ella decía no recordar. Yo sé que sí que lo hacía. Me pidió volver y así lo hicimos. Durante el regreso, la abuela y yo nos comunicamos sin palabras: ella me contagiaba su alegría.


 
 
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