11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Alea jacta est
Pablo Orihuela, 16 años
Colegio Tabladilla (Sevilla)

Recuperó el sentido sin saber quién era ni dónde estaba. Eso sí, en su puño tenía un trozo de papel con un nombre escrito.

Miró a su alrededor. Se encontraba en un túnel oscuro y húmedo. Apoyándose en la pared abovedada logró ponerse en pie y comenzó a caminar, dando tumbos.

Como un fogonazo, le vino un recuerdo: le torturaban. No sabía por qué. Cuanto más esfuerzo hacía para buscar una respuesta, más le dolía la cabeza. Observó su cuerpo; en él estaban las pruebas: magulladuras, moratones y algún corte.

Distinguió una luz oscilante al final del túnel. No estaba seguro de que fuera realidad, pues creía que sus sentidos le engañaban.

Al acercarse, una leve brisa lo revitalizó, dándole fuerzas, pero se tropezó con una piedra y cayó al suelo. Sacando fuerzas de flaqueza volvió a ponerse en pie.

Cuando llegó al final del túnel le cegó el resplandor. Esperó a que sus ojos se acostumbrasen a la luz. Entonces descubrió una puerta. Nunca había visto un portón tan grande ni tan bonito. Esta era de roble y tenía dos pomos. Uno de ellos era un ángel; el otro, un diablo.

Se quedó allí parado, sin saber qué hacer, hasta que se dio cuenta de que a un lado de la puerta había un hombre detrás de un mostrador. Llevaba una llave a la cintura.

Se intercambiaron una mirada. Su rostro se le hizo familiar.

El hombre le observó la mano donde llevaba el papel. Él se lo tendió. El extraño lo leyó y, seguidamente, abandonó el mostrador para caminar hacia la puerta. .

Frente a los pomos cogió la llave, leyó el nombre escrito en el papel y levantó uno de sus brazos con un movimiento lento y pesado.

Introdujo la llave en la boca del ángel. Sonó un chasquido. A continuación empujó la puerta y le invitó a entrar.

Entonces recordó: era un mártir.

 
 
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