11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Tras la bendición
Patricia Rus, 14 años
Colegio Entreolivos (Sevilla)

Bajo el mando de Don Juan de Austria y con el honor de haber sido partícipe en la noble causa de expulsar a los turcos del mar Mediterráneo, escribo estas líneas antes de que el navío Real dé permiso para atracar en un puerto español que se ve tras el horizonte.

En el barco cundía el pánico. Los mandos deberían habernos informado con más antelación. Algunos soldados y marineros vagaban sin rumbo por la cubierta, otros armaban alboroto transportando armas de un lugar a otro. Yo me senté sobre un cabo enrollado para calmar los nervios y angustias. El mar estaba oscuro, iluminado en la línea del horizonte por un rayo de sol.

Un grito de alarma me despertó de mi ensueño y me percaté de que nos llamaban a formación. Pusimos rumbo al golfo de Lepanto, navegando lentamente tras la avanzadilla. Desesperábamos, pues sabíamos que la batalla estaba próxima. Para muchos era la primera; para otros tantos iba a ser la última.

Allí, diligentes, nos aguardaba abundancia de galeras, galeazas, fragatas y bergantines, aparte de noventa y ocho mil hombres de distintos rangos y procedencias variadas, la mayoría españoles, que no faltasen los venecianos ni tampoco los procedentes de los Estados Pontificios, así como la chusma. Todos formábamos parte de la Liga Santa convocada por nuestro buen Papa, Pío V.

Nos arrodillamos. Oramos a Dios pidiendo victoria para los nuestros. Don Juan, tras la bendición de los jesuitas, nos aseguró que ganaríamos una vida en el Cielo si la perdíamos luchando junto a él.

De pronto, escuchamos un gran estruendo procedente de la mar. Era la pedida de batalla por parte del enemigo. Nuestro amado hijo del Emperador respondió de la misma manera y la batalla dio comienzo.

Los dos bandos nos acercamos con la formación acordada por cada capitán. En unos instantes, la calma de antes de la batalla se convirtió en un fragoroso combate. Miré a mi alrededor y solo vi heridos, humo, choques de galeras y refriegas cuerpo a cuerpo. Sin pensarlo, agarré un arcabuz y material para cargarlo. Sufrimos hora y media de intensa batalla hasta que el ejército turco, o lo que quedaba de él, huyó con tan solo dieciséis galeras aptas para la navegación, asegurando nuestra merecida victoria.

Durante la batalla he visto como mis compañeros arrebataban los estandartes infieles. Se cuentan por cientos los muertos, pero yo solo he perdido la movilidad de una mano y ganado el sobrenombre de “Manco de Lepanto”.

Para algo estoy aquí si salí con vida, orgulloso de haber participado en la más memorable y alta ocasión que vieron los siglos ni esperan ver los venideros.

Tal y como acabo estas palabras, empezaré otras nuevas que nada tienen que ver con las anteriores excepto por el personaje que las protagoniza, un ingenioso caballero.

“En un lugar de la Mancha…”.

 
 
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