11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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El manco
Sebastián Iñaki Lizárraga, 14 años
Colegio Liceo del Valle A.C. (Guadalajara, México)

El llano era árido, como si el diablo le hubiera escupido encima. No había un solo árbol ni un pobre arbusto para compensar el desolador paisaje. El pasto había perdido las ganas de crecer y el único objeto que sobresalía eran unas rocas rojizas como gotas de sangre.

Estudié Ciencias de la Atmósfera. Lo digo por lo sorprendente de que me tomara desprevenido una tormenta en aquel lugar olvidado de Dios. Claro, tuve que buscar refugio para evitar que me abatiera un rayo. Bajo un pesado manto de nubes negras, avisté una choza y me encaminé hacia ella, esperando ayuda. Pero estaba deshabitada.

Entré por un estrecho hueco que había junto a una ventana para resguardarme de la granizada que comenzó a caer. Allí, en un rincón, me quedé dormido. Después de algunas horas, me sobresaltó el motor de una camioneta. Observé a través de los cristales: bajaron de ella dos tipos con cara de pocos amigos.

Estaba a punto de presentarles mis disculpas cuando sacaron dos machetes y se encaminaron hacia mí.

Salté por el mismo hueco y huí sin mirar atrás, a pesar del pedrisco que caía del cielo. Mi situación no era buena, ya que no había lugar donde ocultarme. Sin querer, metí un pie entre dos rocas y me caí.

Me alzaron para inmovilizarme mientras les rogaba que tuviesen piedad.

—¡No queremos testigos! –ladró uno de ellos mientras levantaba su machete–. Nunca más volverás a molestarnos.

—¡No he visto ni oído nada! –grité desesperado.

—¡Mientes!

Elevó el arma y me temí lo peor. Aquella hoja de metal firmó mi sentencia con un rápido y fuerte movimiento que me sajó la mano. Grité hasta quedar afónico y perdí la conciencia.

***

—¿Esa es toda su historia? -preguntó.

-Toda, oficial. Al menos, todo lo que recuerdo –contestó el manco.

El jefe de la policía se quedó pensativo mientras lo miraba con incredulidad. El hombre sin mano, a pesar de su gesto inexpresivo, se rio mentalmente. Pesaba que se había creído su cuento.

—¿Me puede explicar qué diantres hacía en medio de la nada?

—Pues…. - balbuceó-. Buscaba a un niño, un chamaco perdido.

—No parece muy seguro de lo que dice –alzó una de sus cejas-. ¿Y lo encontró?

—Sí; dos días después del incidente.

El inspector se rascó la barbilla, confuso.

—Aunque su historia me parece muy extraña, encontraremos a los maleantes y les daremos su merecido.

—No tengo duda, inspector. Gracias por todo.

El manco se retiró, ocultando una sonrisa. Todo estaba acabado. El policía se había tragado su historia. Sin embargo, hizo una mueca cuando recordó la verdadera razón de su mutilación…

…Se acercó a casa de Joel sin haberse recuperado de una borrachera. Había bebido a su aire en su casa de campo…

…No llegó; quedó inconsciente en medio del maizal de Joel, con la botella aún en la mano…

…Mientras dormía, empezó la cosecha. No lo supo hasta que una trilladora le pasó por encima del brazo…

…Joel lo llevó a un hospital. Días después, cuando volvió en sí, el empleado que manejaba la cosechadora acudió para rogarle que no lo denunciara… <<Por favor, señor. Tengo familia. ¡Morirían sin mí! Por Dios bendito… ¡No lo haga!>>…

…No acudió a la policía, a pesar de que se despertaba a medianoche entre sudores fríos, recordando que sólo tenía tres extremidades…

…Al fin y al cabo, suya fue la culpa.

Por eso decidió inventar aquella historia, para exculpar a Joel y a su empleado. Siempre había sido bueno mintiendo.

Estaba equivocado; el detective salió de su oficina y le gritó:

—¿Sabía usted que no se ha perdido ningún niño en los últimos veinte meses?

El manco le dedicó una mirada furiosa. Giró sobre sus talones para regresar a la comisaría mientras planeaba su siguiente mentira.

 
 
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