11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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El simple hecho de odiar
Teresa Alonso, 16 años
Colegio Senara (Madrid)

-Abuelo, si tuvieras que elegir entre morir o que muriera tu peor enemigo, ¿qué elegirías?

-Pero, bueno… ¿Qué clase de pregunta es esa? -Luis se retrepó en la quejosa mecedora.

-Dime qué escogerías.

-No entiendo a qué viene esto, pero –se quedó pensativo-, sinceramente, elegiría mi propia muerte.

-Bah, no te creo –el niño hizo un gesto de desdén con la mano-. ¿Por qué querrías morir en vez de alguien a quien odias? Y no me vengas con que ya eres muy viejo –señaló las profundas arrugas de cruzaban la cara de su abuelo.

El anciano suspiró y miró los ojos de su nieto, que aguardaba otra respuesta que convenciera a sus alocados pensamientos.

<<¿Por qué siempre se le ocurren asuntos tan poco apropiados?>>, pensó el anciano. <<¿Por qué no se limita a jugar y a hablar de lo que sea que hablen los niños de su edad?>>.

-¿Por qué iba yo a odiar a nadie? –intentó salir del paso.

-Vamos, abuelo…

El viejo se mordió los labios antes de proseguir:

-Está bien ; soy sincero al decirte que elegiría mi propia muerte, ya que prefiero morir sabiendo que he salvado a alguien que vivir consciente de haberme cobrado una vida que no me pertenece.

-¿Por qué? –insistió.

-Porque el mero hecho de odiar requiere ciertos sentimientos hacia esa persona, por lo que aunque no compartamos aficiones, vivencias ni creencias, aunque me haya hecho daño, seguro que hubo un momento de la vida en el que pensé en esa persona como un posible amigo, ya que el odio no aparece a primera vista, así porque sí. Así que te repito que elegiría mi propia muerte, para ahorrarme un dolor inmenso e innecesario - Luis volvió la cabeza hacia su querido nieto, extrañado de no haber vuelto a ser interrumpido por otra de sus impertinentes preguntas.

Álvaro se había quedado dormido con la cabeza apoyada en las orejeras de un sofá de aquel amplio salón. Ahora parecía el niño de ocho años que era.


 
 
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