11ª Edición  |  Curso 2014-2015
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Las rutinas
Teresa Alonso, 17 años
Colegio Senara (Madrid)

El día que me ponga a estudiar a la hora prevista… ¡habrá ocurrido un milagro! Porque
giro y giro sobre mi silla hasta que la habitación se convierte en un borrón. Y cuando se me pasan las náuseas, vuelvo a empezar. Es mi rutina. Sólo la interrumpo cuando oigo que mi padre entra en el salón. Contengo la respiración para escuchar mejor sus movimientos. El repiqueteo del hielo contra el vaso es su forma de anunciar que ya está en casa.

Él también ha establecido una rutina: nada más llegar del trabajo, cuelga la chaqueta en el perchero y se encamina hacia el salón, haciendo malabares con la botella y el vaso a la vez que se desanuda la corbata. No salgo a saludarle; sé que no podrá verme, pues se sienta en una butaca que volvió hacia la ventana hace un par de meses, dándonos la espalda, rompiendo la armonía de la familia. Contempla la calle, los pájaros y los aviones al tiempo que se termina la botella.

Papá no se levanta en ningún momento ni responde a nada de lo que se le dice (creo que no nos escucha). Tampoco viene a cenar con nosotras. No sé hasta qué hora se queda ahí. Cualquiera diría que se ha convertido en parte del decorado… si no fuera por el movimiento constante del vaso.

Laura está muy pesada. Mañana es su noveno cumpleaños y no deja de proclamarlo. Quiere saber qué le voy a regalar y no para de dar saltos a mi alrededor. He conseguido despistarla, fingiendo que tengo que estudiar un examen.

Cuando me canso de dar vueltas, salgo a buscarla para hacerle la cena. La he encontrado al lado de papá, mirando fijamente hacia donde él mira. Ninguno de los dos se ha percatado de mi presencia. Al fin mi hermana habla:

-Ya sé por qué no queréis decirme cuál es mi regalo –le dice a nuestro padre-. ¿A que es mamá?... Ella va a volver por mi cumpleaños.

Su inocencia me deja helada.

Mi padre la mira y con una sola palabra confirma todas mis dudas.
-¡Fuera! –grita con un gesto de desdén.

Mamá no va a volver. No con nosotras.

Él mira de nuevo a través de la ventana. Su voz ha sido, una vez más, sustituida por el tintineo del hielo. Su brazo termina en un cuello de vidrio tostado.


 
 
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