XII Edición  |  Curso 2015-2016
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La magia de los escritores
Andrea Fariña, 16 años
Colegio Grazalema (El Puerto de Santamaría)

Podría decir que soy un pájaro que vuela sobre las nubes para admirar cada atardecer. O podría ser un empresario que aumenta cada día su fortuna. Pero también podría ser un guerrero medieval que lucha contra un dragón de tres cabezas. O la princesa encerrada en una torre a la que rescata el valiente guerrero. Podría ser un gato y al día siguiente convertirme en perro.

Puedo decir, sin mentir, que soy todas estas cosas al mismo tiempo, pues pertenezco al grupo privilegiado de los escritores, que pueden ser todo aquello que aventuren.

Escribir lleva consigo trasmitir emociones incluso sin haberlas experimentado. No solo tenemos el reto de averiguar las emociones que experimentan nuestros personajes, sino de expresarlas correctamente para que nuestros lectores las sientan como algo real.

El hecho de escribir es algo sencillo y natural; por eso forma parte de las primeras lecciones que reciben los niños. El oficio del escritor es, sin embargo, complejo, pues para destacar es necesario tener talento. Talento suficiente para estar por encima de una tarea que todo el mundo alfabetizado sabe hacer.

A los escritores nos afectan todos los ámbitos de la vida. Pasear por la calle no es igual para un escritor que para el resto de la gente. Cuando nos cruzamos con alguien al caminar, nos fijamos en detalles que el resto de las personas juzgaría intrascendentes. <<¿De dónde viene aquel transeúnte? ¿A dónde va?>>. En la respuesta imaginativa a estas dos cuestiones puede estar encerrada toda una novela.

Sin poder controlarlo, nos topamos con historias deslumbrantes en cada esquina. Así somos. A veces con crisis de inspiración, cuando caemos en la sima de considerar que nuestro trabajo no es tan extraordinario como debería. Si los escritores sufrimos la enfermedad de la página en blanco, no es porque hayamos perdido el talento, sino por lo inabarcable de nuestra ambición.

 
 
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