XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Los héroes que el mundo esconde
María Eugenia López Espejo, 17 años
Colegio Zalima (Córdoba)

Los medios de comunicación nos presentan ídolos del deporte, de la música, del cine..., personas que mueven a las masas y llegan a convertirse en mitos, fetiches que se veneran hasta límites insospechados en una sociedad mediatizada por la publicidad y el marketing.
Detrás de ese mundo irreal hay otros ídolos, anónimos, que luchan día a día por cambiar su entorno y ayudar a los demás, por levantar lo que otros destruyen. No disfrutan de fama, pero están junto a nosotros todos los días, codo con codo, también en situaciones desfavorables. Les guía un amor inconmensurable en su labor inadvertida, que los convierte en auténticos símbolos.

A este grupo callado pertenece esa madre que remueve cielo y tierra para sacar adelante a su familia; el sacerdote que transmite su experiencia de fe y habla de Dios; los voluntarios y los misioneros repartidos por los rincones más pobres del mundo; el médico que dedica su vida a salvar las de los demás... y un sinfín de identidades anónimas que, con pequeños gestos y detalles, logran una explosión de amor.

Escribo sobre los profesores que, aparentemente, no gozan de gran reconocimiento pero que, sin embargo, con su trabajo contribuyen a formar a los futuros profesionales de nuestro país. Durante el tiempo que dedican a sus alumnos —bien para enseñarles a hacer la integral más complicada o, simplemente, las reglas de la 'b' y la 'v'—, algunos se convierten en confidentes e, incluso, en amigos.

Me llamó la atención el título de un artículo en el periódico El Mundo: “Los héroes anónimos de la sanidad”. Hablaba de todas las personas que forman un hospital y cuya labor apenas tiene cabida en los telediarios. Mencionaba las «historias mínimas», casos de personas que narraban su rutina. En primer lugar se encontraba el "enfermero amigo", un hombre que se ocupaba de veinticinco niños autistas. Después, del “cirujano incansable”, quien a pesar de su avanzada edad no contemplaba la jubilación. Y, por último, el “celador humano”, que había dedicado cuarenta años de su vida a trasladar enfermos de un lugar a otro. Y con ellos, los cientos de trabajadores que se esfuerzan en crear un ambiente alegre en medio de la enfermedad.

Pocas veces se habla de todos estos héroes, pues apenas salen en la televisión ni en los periódicos. Sin embargo, todos los necesitamos cerca.

 
 
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