XII Edición  |  Curso 2015-2016
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El penúltimo whisky
Alberto Jordano, 17 años
Colegio El Romeral (Málaga)

Como cada tarde al salir del trabajo, Raúl entró en Los Tres Navíos, el bar situado al lado del puerto. Le gustaba aquel lugar por los enormes ventanales que tenía detrás de la barra y que le permitían observar el mar. Le encantaba contemplar cómo las olas, alumbradas por el faro, rompían contra el espigón mientras vaciaba su vaso de whisky con hielo. Para mucha gente esa bebida resulta demasiado fuerte; sin embargo, Raúl se pasaba las noches bebiendo hasta que Juan, el dueño del bar, cerraba el establecimiento.
Aquel día Raúl se sentó en la barra y, mientras le traían su whisky, echó un vistazo alrededor. Los clientes se agolpaban en torno al televisor. Raúl supuso que en unos minutos empezaría algún partido de fútbol.

—Aquí tienes, Raúl —Juan le puso un plato de aceitunas para acompañar la bebida, que colocó sobre un posavasos —. Ya sabes que si por mí fuera, no te lo serviría. El alcohol va a acabar contigo.

—¿Todos los días vas a decirme lo mismo? —habló Raúl sin mirarle siquiera. Dio un enorme sorbo, vaciando la mitad del vaso—. Tu deber como propietario de este bar abierto a todo el mundo es servirme lo que yo te pida, no darme unos consejos que no te estoy pidiendo.

—Y mi deber como amigo es intentar que esa mierda de whisky no te acabe matando. Vamos, Raúl, nos conocemos desde que tenemos quince años y entonces ya bebías como un poseso. Llevas más de diez enganchado y no lo quieres admitir, además…

—¡Basta! —le cortó Raúl, que vació lo que quedaba de un trago—. Por favor, cállate y tráeme otro.

Juan se quedó quieto y, tras unos instantes de vacilación, se marchó a prepararle otra copa, mientras negaba con la cabeza.

A la mañana siguiente, Raúl se despertó con el habitual dolor de cabeza que acompaña a los excesos de alcohol. A su lado estaba Nuria, su mujer, que se quedó mirándolo.

—Qué pena das —le espetó—. Te estás perdiendo lo mejor de tu vida.

—Esta noche, mientras dormía, he notado algunos golpes. ¿Sabes que ha podido ser? —dijo Raúl con la garganta seca y la cabeza dándole vueltas—. Además, no digas tonterías, no estoy perdiéndome nada, sino disfrutando de lo que tengo.

Nuria tenía los ojos llorosos.

—Los golpes eran de Miguel, que quería que le felicitases por su cumpleaños antes de irse al colegio —dijo, llorando a lágrima viva.
En ese momento a Raúl se le vino el mundo encima: había olvidado lo que su hijo había esperado con tanta ilusión. Recordó entonces las palabras de su amigo: realmente, tenía un problema.

 
 
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