XII Edición  |  Curso 2015-2016
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El reflejo
Antonio Gutiérrez Pola, 15 años
Colegio Altocastillo (Jaén)

Empezamos a conocernos mejor cuando alcanzó la suficiente altura para llegar al espejo del cuarto de baño y comenzó a necesitar echar el pestillo, para poder intimar conmigo y hablar un rato.

No nos veíamos solamente allí, también nos encontrábamos algunas mañanas posteriores a las noches tormentosas que dejaban en las carreteras de su ciudad aquellos característicos charcos de agua grisácea, cuya superficie se libraba del soplo de las heladas corrientes de invierno, así como de las suaves brisas primaverales, cuando yo me desvanecía por unos instantes y me perdía entre otros miles de reflejos.

A veces no parecía muy alegre de verme. De hecho, algunas mañanas ni siquiera se paraba para decirme lo guapo que iba, ni creo que yo le importase. En fin, siempre ha tenido esos cambios de humor tan drásticos…

Otras veces nos veíamos cuando entraba al baño de su colegio durante los descansos entre clase y clase. Entonces me miraba discretamente para no mostrar ningún signo que hablara de nuestra relación. ¿Acaso se avergonzaba de mí? ¿Es que no se sentía bien a mi lado? En cualquier caso, sabía que debía quererme tal y como soy; no tenía otra opción, pues íbamos a estar juntos hasta el fin de nuestros días.

Hubo una época en que todas las noches, cuando su familia dormía, nos reuníamos en el baño de su casa. Él, imperturbable, me miraba fijamente hasta que, al cabo de unos minutos, su pecho sentía una extraña presión que le dejaba sin aire y su respiración se aceleraba. Sus ojos cansados se inundaban y las lágrimas le recorrían las mejillas desgarrando su piel, y sus facciones se arrugaban y se retorcían, y todo él se afeaba. Yo le conocía mejor que nadie: él amaba a muchos reflejos, pero no me amaba a mí. Entonces, yo también lloraba.

Ahora, tú estás aquí y él se ha hecho muy fuerte, tanto es así que me ha dicho que es el chico más fuerte de su clase. Siempre ha sido un poco soberbio. Ya no llora en el baño y repite que nada ni nadie puede hacerle daño. El otro día me alegré cuando se colocó frente a mí, como antes, se me acercó al oído y me dijo: «te quiero».

 
 
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