XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Nuevo en la ciudad
Antonio Insua, 14 años
Colegio El Prado (Madrid)

Juan había nacido en un pequeño pueblo marinero del norte de España, pero su padre, junto con toda la familia, se trasladó a Madrid, en donde había encontrado un buen trabajo, lo que afectó mucho al muchacho, ya que a sus trece años se sentía solo en aquella desconocida gran ciudad.

En su nuevo colegio, Juan miraba con nostalgia a los niños mientras jugaban al fútbol durante el recreo. Recordaba cuando él se comportaba como ellos, corriendo de acá para allá detrás del balón. Pero un día decidió vencer su nostalgia: había llegado el momento de hacer nuevos amigos. Se levantó del banco del patio y se dirigió al chaval que capitaneaba uno de los equipos.

—¿Puedo jugar? —le preguntó con una voz tímida.

—Para jugar, primero tienes que entrar en nuestro grupo —le respondió Ramón. Este muchacho era, con diferencia, el más fuerte y alto del curso, lo que le proclamaba la persona más temida y respetada por todos sus compañeros, incluido Juan.

—¿Y qué tengo que hacer para entrar?

—Superar una prueba.

—Vale —respondió con inocencia.

—Cuando se acabe el colegio, tendrás que esperarnos en la tienda de caramelos.

—¿Dónde está esa tienda?

—Enfrente del parque. Quedamos allí a las cinco y media.

—No faltaré —le dijo antes de regresar al banco.

Aquella tarde supo que la prueba consistía en robar una de las bomboneras que se encontraban en el mostrador, un manjar para cualquier niño de trece años.

Ramón le había explicado cómo robarla: para cogerla, debía esperar a que el dependiente atendiera a algún cliente, esconderla dentro de la mochila y salir a toda prisa de la tienda. Pero incluso con estas indicaciones, Juan no comprendía por qué tenía que hacer eso para entrar en el grupo. A pesar de que le habían explicado que lo formaban los más valientes del curso, no le parecía que robar fuese la manera correcta de demostrarlo. Aún con estas dudas entró en la tienda dispuesto a completar la misión.

El pequeño establecimiento estaba repleto de niños que esperaban para pagar sus chucherías en el mostrador. Juan se aproximó a la mesa del dependiente, cogió una de las bomboneras, observó a su alrededor mientras vigilaba que nadie le estuviera observando y, una vez comprobado, la escondió en su mochila.

Se dirigió a la puerta de la tienda para completar así la prueba, cuando le frenó una voz interior:

«Pero, ¿qué estás haciendo?...»

Sacó la bombonera y alzó la mirada a través de la puerta de cristal. Al otro lado estaban Ramón y los suyos, expectantes.

«Bueno», pensó mientras dejaba los dulces en una estantería de madera, «tampoco me hace falta pertenecer a esa pandilla. Todavía me quedan muchos niños del colegio por conocer».

 
 
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