XII Edición  |  Curso 2015-2016
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El sueño del tabernero
Beatriz Silva Gascó, 13 años
Colegio Vilavella (Valencia)

En la taberna reinaba la fiesta. Desde fuera se podían oír los vozarrones de los hombres, que discutían sobre el ganador de la partida o el precio de la bebida. Las voces de un hombre se distinguían sobre las demás. Sin él no se celebraba fiesta alguna.

El tabernero era alto y corpulento. En su cara tenía rastros de cicatrices que lucía orgulloso, pues significaban la marca de cada una de las peleas en las que tan a menudo participaba. Por su aspecto y carácter, despreocupado y rudo, aficionado al juego y las apuestas, todos se alegraban al verle: sus clientes porque con él tenían risas y peleas aseguradas; las mujeres porque sabían que iban a ser cotejadas. Nadie se fijaba en el triste brillo que asomaba a sus ojos.

Parecía que todos los días fueran iguales. El tabernero se levantaba tarde, pasaba la mañana dialogando con los vecinos del pueblo, volvía al medio día a su casa para comer, dormía la siesta y por la tarde se dirigía a la taberna para dar comienzo a una nueva fiesta. Todos le envidiaban: pensaban que no se podía tener una vida mejor, con descansos y diversiones.

Pero lo cierto era que en la mente de aquel hombre aparecían toda clase de dudas y preocupaciones.

Tenía por costumbre cerrar la taberna a medianoche, con la excusa de que su mujer era muy estricta sobre la hora de volver a casa, pero lo cierto era que nunca la veía. A las doce se internaba por los callejones oscuros con la mente cargada de miedos, hasta que llegaba a una barraca.

Sabía que la escuela, a aquellas horas, estaba vacía, y que era fácil abrir cualquiera de sus ventanas. Entraba y observaba en derredor. Le encantaban las estanterías repletas de libros y el olor a hojas viejas que crujían al pasarlas, muy diferente al de la cerveza, pero también le gustaba el aire infantil del recinto.

En aquel pueblo existía la creencia de que leer era cosa de mujeres y monjes. Sin embargo, el tabernero, a pesar de su pequeño coraje, no se atrevía a confesarle a su esposa que su trabajo le parecía aburrido, monótono… Que fingía divertirse, pero que deseaba el silencio del conocimiento, aprender el arte de las palabras.

Esa era la razón por la que realizaba aquel paseo nocturno: se sentaba en un pupitre y llenaba su imaginación de historias de amor y de guerra. ¡Cómo le hubiera gustado recordar las sabias lecciones de su maestro y escribir bellas palabras bajo la llama de un candil!

 
 
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