XII Edición  |  Curso 2015-2016
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El amigo de los animales
Carlos Díaz Hernando, 14 años
Colegio El Prado (Madrid)

—Jaime, ¡deja de distraerte! –le ordenó don Alfonso, elevando su tono de voz más de lo que en él era habitual–. La pizarra no está en la ventana.

Don Alfonso era un hombre de mediana edad, alto y delgado, profesor de Física y Química en el colegio de un pequeño pueblo que coronaba un acantilado. Desde las ventanas del aula, los turistas que tomaban el sol en la playa parecían hormigas.

—Es que nunca pones la atención en donde debes –suspiró antes de regresar al lugar en el que había dejado suspensa la lección.

Don Alfonso era un tipo raro y solitario, al que los alumnos no tomaban en serio. ¿Cómo iban a hacerlo, si tampoco lo hacía el resto de los profesores?… A todos les sorprendía que se entendiera mejor con los animales que con las personas, porque don Alfonso tenía el don de comunicarse con los bichos como si fueran seres humanos.

—Es que hay un bonito gato blanco moviendo las patas de una manera muy extraña –se excusó Jaime.

El resto de los alumnos acudió a empujones hasta el ventanal para comprobarlo.

—¡Cada uno a su pupitre! –les regañó don Alfonso.

Continuó la lección muy inquieto: sabía que aquel gato le estaba mandando un mensaje.

Cuando sonó el timbre, don Alfonso fue el primero en salir. Corrió hacia el patio del colegio, allí donde Jaime había visto al gato, pero era demasiado tarde: el minino no estaba. Así que salió a la calle y empezó a buscarlo.

Al fin lo encontró, después de recorrer las estrechas calles del pueblo sin dejar un callejón sin revisar. Estaba intentando colarse a través del ventanuco del sótano de una casa medio en ruinas.

—¿A dónde crees que vas? –le espetó don Alfonso.

El gato no se asustó, sino que se acercó lentamente al profesor, se frotó el lomo contra sus pantorrillas y empezó a hacer gestos con las patas para transmitirle que algo horrible iba a pasar a Eustaquio López de Aguado, el tendero.

<<Ayer, rebuscando un ratón que llevarme a la boca en esta misma casa abandonada, escuché el plan de unos vagabundos>>.

Poco después, don Alfonso llegó a la comisaría de policía.

—¡Necesito ayuda! –exclamó, casi sin aliento–. Alguien quiere asesinar a Eustaquio, el tendero.

—¿Cómo lo sabe? –le preguntó el policía con gesto de suspicacia. Hasta él habían llegado los rumores sobre el extraño carácter de aquel profesor.

—Me lo ha dicho un gato.

—¿Quiere que le multe por burlarse de la autoridad? –le amenazó con cajas destempladas–. Tengo demasiado que hacer para que vengan a tomarme el pelo.

Se había precipitado; no debería haber revelado quién había sido su confidente. Ahora se veía obligado a buscar un motivo para entretener a Eustaquio López Aguado. De camino a la plaza, se le ocurrió pedirle el favor de que le abriese la tienda.

<<Necesito algunos ingredientes, porque tengo invitados a cenar>>, le diré.

Estaba seguro de que don Eustaquio, con su carácter amable, no se negaría. Pero cuando llegó al colmado vio que habían forzado la puerta. Entró de puntillas y escuchó.

—Ya puedes decirme dónde está el dinero de la caja –amenazó una voz.

—Tendrás que matarme –respondió el tendero.

—No dudes de que lo haré –dijo el asesino–. Pero antes revolveremos toda la casa hasta encontrarlo.

La puerta de la trastienda estaba entreabierta y don Alfonso pudo ver la silueta de un hombre más bien bajo que había colocado una pistola en la sien de Eustaquio. Un escalofrío recorrió su cuerpo; tenía que actuar si quería evitar un crimen.

Sin pensarlo dos veces, avanzó por la habitación sigilosamente, colocándose detrás del vagabundo. El tendero no hizo ningún ademán, pues conocía bien al profesor, que golpeó al asesino, logrando que se le cayera la pistola al suelo. El tendero alejó el arma de una patada y entre ambos lo ataron de pies y manos.

—¿Podrías llamar a la policía? –le pidió don Alfonso, todavía asustado–. A mí no me creerían.

—¿Por qué no van a creerte?

—Pregúntaselo al gato.

El minino blanco les miraba a través del cristal.

 
 
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