XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Los Cuartos
Claudia Zamarriego, 16 años
Colegio Orvalle (Madrid)

Llevaba horas aferrada al borde del precipicio. Eso era de esperar, nadie dijo que fuera fácil pasar los Cuartos.

Alejandra, una joven de diecisiete años, había vivido toda su vida en Ardicht. Desde que era pequeña se había preguntado cómo era posible que el agua de la ciudad saliese tan cristalina. Hacía algunos años que había obtenido la respuesta: no eran depuradoras ni un complicado sistema de limpieza lo que dejaba el agua en condiciones óptimas, no. Mucho peor: eran los habitantes más pobres de la ciudad los que, bajo pena de muerte, debían encargarse de una tarea tan humillante e infrahumana.

Mientras el gobierno malgastaba todo el dinero en los sectores más altos de la sociedad, dejaba pudrirse a los perdedores de los Cuartos en las alcantarillas, no solo trabajando en aquella dolorosa tarea, sino —y aquello era lo peor— sabiendo que no volverían a ver la luz del sol ni a sus familias nunca más.

Los Cuartos era un espectáculo muy similar al de los circos romanos de la Antigüedad: los vencedores obtenían la gloria y se aseguraban un futuro lleno de riquezas y comodidades. Los perdedores, por el contrario, se hacían reos de la pobreza, y se les encarcelaba bajo tierra de por vida. Eran la escoria de la sociedad y una vergüenza para toda la población. Nadie quería que se le relacionase con un perdedor.

Los Cuartos eran, en resumidas cuentas, el camino que te podía llevar a la gloria o al más profundo abismo. Por esa razón, Alejandra llevaba semanas entrenándose para no sufrir ese terrible destino.

La mañana de los Cuartos provocó en Alejandra un profundo nerviosismo. Al fin y al cabo, las pruebas que conformaban los Cuartos eran desconocidas para todos los habitantes de Ardicht, así que era como caminar en terreno pantanoso. Lo único que sabía era que dos tercios de los participantes saldrían victoriosos. El resto no tendría alternativa: serían enterrados vivos en las alcantarillas hasta el fin de sus días.

El Clapicornio —lugar donde se celebraban los Cuartos— era una gran extensión de terreno baldío en el que se plantaban distintas especies vegetales —dependiendo del año de los Cuartos —para dificultar el nivel de cada prueba. Ese año había tocado la modalidad de desierto.

Cuando sonó el silbato Alejandra corrió lo más rápido posible, pero no pudo apenas avanzar porque estaba en un terreno de arenas movedizas. Cuando por fin logró salir de ese mar de jóvenes que no paraban de darse codazos y de ahogarse en la arena, apareció en el interior de un remolino grisáceo. La cabeza le daba vueltas y se agarró a un saliente que encontró. Los demás gritaban y sollozaban. Ella estaba intentando buscar un plan de supervivencia cuando un trozo de madera le golpeó la cabeza.

Primero fue el vacío y luego la oscuridad. Cuando despertó bajo tierra, supo inmediatamente que había perdido los Cuartos y notó en su corazón la garra fría del miedo, que le auguraba el peor de los porvenires.

 
 
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