XII Edición  |  Curso 2015-2016
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Su mayor anhelo
Emma Roshan, 16 años
Colegio Iale (Valencia)

—¡Hasta el lunes! –se despidió Alma, cerrando la puerta de la casa.

Suspiró. Ojalá su vida fuera como la de Camelia. Sus padres tenían dinero, se querían con locura y ella tenía todo lo que podía desear: belleza, talento, un sinfín de aparatos electrónicos de última generación y una gran capacidad para hacer amistades. Alma se sentía pequeña cada vez que Camelia la obsequiaba con sus frecuentes actos de amabilidad, o la invitaba a un capricho que ella jamás se habría planteado permitirse. Le encantaría ser Camelia.

Entró en la cocina, donde sus padres discutían acaloradamente, sin apenas percatarse de que ella había llegado. Abrió la nevera y tomó un brik de zumo. Ya en su habitación, se tumbó en la cama y suspiró de nuevo, sorbiendo lentamente de la pajita, reflexionando.

De repente, el timbre la sacó de su ensimismamiento. Bajó las escaleras y recibió a su amiga Elisa, que venía con su madre. Ambas habían venido en bicicleta, y tenían la frente y las mejillas rojas por el frío.

Les ofreció un chocolate caliente e invitó a la chica a su cuarto. La madre de Elisa trabajaba limpiando la casa de sus padres, pues ellos apenas tenían tiempo para cuidar del hogar. Mientras tanto, Elisa acompañaba a Alma. Ambas lo pasaban de maravilla, pues sus gustos eran muy similares.

Cuando llegó el final la jornada, Alma se despidió su amiga, que desde la bicicleta esbozó una sonrisa triste. Elisa pedaleó hasta su casa, donde su madre -cansada pero contenta- observó su mirada abatida, le dio un abrazo y le dijo:

—Debemos de estar agradecidas por haber encontrado un trabajo estable. ¿Vale, mi niña? Nunca mires hacia los que han tenido más suerte que nosotros y pienses: «Ojalá fuera como ellos». Puede que no tengamos un chalet, como Alma, ni nos podamos permitir un coche ni un colegio privado. Pero recuerda una cosa: tienes una familia que te quiere y comida caliente en el plato.

Elisa le devolvió el abrazo con lágrimas en los ojos.

En la calle una mujer estaba sentada sobre una manta. Se frotaba las manos y se las intentaba calentar con el aliento. Dirigió una mirada al bloque de apartamentos, cuyas luces encendidas y la colada en los balcones le daban un aspecto hogareño. Deseó estar recostada en un sofá, con un plato de sopa en el regazo, disfrutando de la calefacción.

 
 
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